Diario de León

MEPIROLAUNI Jorge Villa

Dos abandonos me roban el sueño

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León

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Dos abandonos, dos, me tienen revolucionado estos días previos al comienzo de las clases. Uno de ellos significa futuro y sueños en Ponferrada. El segundo supone la ruptura de los mismos para los pocos aficionados declarados que existe en esta cuenca. Pero, como este último adiós trata sólo de una lamentable pérdida en un polémico arte, alguno pensará: " Ah, nada más". Ni mucho menos, contesto yo. En sigilo y en silencio, a escondidas de los ciudadanos de la piel de toro, el mismísimo ruedo ibérico ciertamente, abandona José Tomás el noble arte de Cúchares. El torero de la triste figura se marcha para no pisar jamás ya los alberos mientras algunos le lloramos y sentimos que perdemos ese algo inexplicable que el joven diestro de Galapagar nos transmitía con su temple y su quietud ante los bravos. Un no sé qué de imposible definición, una actitud que la mayor parte de mis compañeros en el Campus no pueden, ni quieren, comprender pero que a los entregados nos permitía vivir algo más felices. Adiós maestro. Pero como esto de la vida es maravilloso, la noticia de ese hasta luego se disipa con una buena nueva total. Y los caldos de mencía que tomaba para olvidar, es que uno es muy sentido, se transforman en alcoholes de bienvenida. Porque el otro abandono traerá la felicidad para Doña Julia y para Don Javier. Padres de corazón que volverán a ver a su niña berciana de adopción: Aicha Embarek, la niña que se fue a la jaima y temió no regresar. Tras un paréntesis demasiado largo, la joven de Vega de Espinareda abandona ese albero inhumano e infinito que es el Sáhara para volver a su tierra. Porque uno es de donde pace y no de donde nace. Y muy pronto la veremos deambular por ese Campus que se movilizó, ante la petición de sus padres coraje de El Bierzo, para que regresara. Cogiendo apuntes, asistiendo a clases de Agroalimentarias, Aicha recobrará esa vida normal que algunos infravaloran por la costumbre, olvidará sus vanos intentos de huida. Desgraciadamente muchos otros, toda una nación, sigue presa en los campamentos de Tindouf. Un pueblo histórico, el saharaui, torea como malamente puede una situación que parece no tener solución. Oprimidos por aquellos que espetan las palabras invasión y demás vainas por una roca llamada Perejil. Apátridas en su propia tierra, los oriundos del Sáhara llevan más de veinte años pidiendo su autodeterminación. Pobres, desahuciados como país, luchan por su dignidad. Algunos, como Aicha, llegan a pasar el verano y se quedan por la buena voluntad de la familia que les acoge. Otros, siguen en su albero esperando empezar una faena que no piensan abandonar (su país).

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