Últimas entradas para las funciones de este jueves y el viernes a las 20.30 horas
Miguel Rellán: "En este país hablamos de picaresca cuando deberíamos decir delincuencia"
El actor de origen berciano repasa la vida novelada del bailarín Juan Martínez, el mundo del ayer y el del mañana, a pocas horas de subirse al escenario del Teatro Bergidum de Ponferrada para representar la adaptación teatral del libro de Chaves Nogales

Miguel Rellán, caracterizado como el bailarín Juan Martínez
«¿De qué se trata?, que me opongo», es lo primero que pregunta, con buen humor, Miguel Rellán cuando descuelga el teléfono. La entrevista está concertada, claro. Y Rellán trata al periodista de don, como a los bachilleres. ¿Y de qué se trata? De la picaresca española, de la Gran Guerra y la revolución, del mundo de ayer, del de mañana, de Manuel Chaves Nogales y de todas las Españas que caben en una vida novelada y en una adaptación teatral, la del libro El maestro Juan Martínez que estaba allí, que Rellán viene a defender solo en un escenario en sesión doble en el Teatro Bergium de Ponferrada; este jueves 27 y el viernes 28 a las 20.30 horas. Y todavía hay entradas.
— Interpreta a un bailarín flamenco perdido en la Gran Guerra y en la Revolución Rusa. Cuéntele a los espectadores del Teatro Bergidum, a los lectores de Diario de León, ¿quién fue el maestro Juan Martínez?
— Juan Martínez existió de verdad. Hay acta de nacimiento. Cuenta Chaves Nogales en esa novela-reportaje que se lo encontró en París ya viejo y le contó su vida. Hay muchas peripecias en el libro y es posible que a un hombre le pasen tantas cosas, pero muy poco probable. Así que es posible que don Manuel Chaves Nogales cogiera también las peripecias de otros españoles perdidos por el mundo, bailarines y cantaores o magos y los reuniera, como podríamos usted y yo escribir la biografía apócrifa de un actor compañero mío juntando desventuras que nos contaran Imanol Arias, Juan Echanove, Antonio Banderas y Luis Tosar y creáramos un personaje. Ese fue Juan Martínez con su mujer Sole, que debía ser muy guapa, y la pobre, analfabeta. A los dos los quisieron contratar para bailar flamenco en Turquía y allí los pilló la guerra del 14, la Gran Guerra. Deciden emigrar y se van a Rusia. Y allí los pilla la Revolución del 17. Y, querido, les pasa de todo. Usted ha mencionado la picaresca y estaremos de acuerdo en que en este bendito y santo país hablamos de la picaresca española cuando deberíamos decir la delincuencia. Lo que deberíamos decir es que fulano no es un pícaro, es un delincuente. Y Juan Martínez sí es un pícaro de verdad, porque sus pecados consisten en, por ejemplo; si no le dejan bailar flamenco, pues baila tango argentino; si no le dejan pasar porque es español, dice que es italiano; si no le dejan viajar en un tren normal, se mete en un vagón de ganado. Eso es picaresca, porque Juan Martínez reivindica a las buenas personas. Cuando el ejército bolchevique lo convierte en guardia rojo sin comerlo ni beberlo, él dice que puso cuidado en no perjudicar a nadie. Era una buena persona que procuraba valorar la bondad en los demás, la bondad inteligente, no la estúpida. Y lo cuenta casi todo teñido por el humor. En primer lugar porque ha sobrevivido. Se siente orgulloso de haber sobrevivido a tal cúmulo de casualidades. Es como si dijera ‘soy un tío grande, miré usted lo que he vivido, señor Fidalgo’. A toro pasado, las cosas que fueron una tragedia se cuentan con humor. Por ejemplo, hace unos meses, un amigo me contó como le había atracado una noche un pobre drogadicto. Me lo contaba muerto de risa, pero me decía ‘Miguel, por poco me da un infarto, porque tenía el tío un mono... y era violento». Me lo contaba riéndose porque había pasado casi un año y había sobrevivido; ‘el tío estaba tan nervioso como yo y me di cuenta de que llevaba la navaja al revés, se iba a pinchar él en vez de pincharme a mí, pero en el momento por poco se me sale el corazón por el cogote a las tres de la mañana’. Como ha pasado ya lo podemos contar echándole humor al asunto, pero maldita la gracia que tiene.
— En la adaptación del libro al teatro no hay escenografía, más allá de una tarima iluminada. Está usted solo frente al público. ¿Cómo se afronta eso de subirse al escenario y no hay más apoyo que tu voz y un foco que te apunta?
— No lo sé. Quizá es la experiencia. Cada vez que la regidora, mi amiga Beatriz, italiana, caro mío, andiamo, dice ‘señoras, señores la representación va a comenzar’, en ese momento hay un momento en que digo ‘Virgen Santa, ¿porqué no me he dedicado a la filatelia?’
— ¿Algún subidón de adrenalina?
— Sí, pero no es nervio, es puñetera responsabilidad. Si hasta ahora los teatros han estado llenos, algo tendré que ver yo. Y te entra un gusanillo. Pero la cosa se pasa en cuanto sales ahí. Dices en frente del público y tienes razón. Mi amigo el dramaturgo Juan Mayorga dice una cosa muy bonita: ‘una de las palabras más bonitas de nuestro oficio es compañía’. Y eso es, somos una compañía de teatro. Y el teatro se hace además en compañía y en complicidad con el público. Entre ambos fabricamos esta fantástica ficción que es verdad, porque el teatro es verdad a diferencia del cine. Yo salgo al escenario de verdad y lloro de verdad y río de verdad. Compartimos una ceremonia artesanal porque cada representación es única y la mejor siempre es la siguiente.
— Por eso prefiere el teatro al cine o la televisión.
— Claro. El cine y la tele son muy fríos. Le dan a la moviola, le quitan secuencias, lo manipulan o incluso no sales... El cine es el arte del director.

Miguel Rellán, caracterizado como el bailarín Juan Martínez
— Chaves Nogales (que tuvo que exiliarse en la Guerra Civil porque cualquiera de los dos bandos podría haberle matado) es el ejemplo de lo que hoy llamamos la Tercera España. ¿Cuántas Españas tenemos hoy, Miguel?
— Pues no lo sé. Pero si hacemos caso a Antonio Machado, ‘una de las dos Españas ha de helarte el corazón’. Debe haber más, debe haber una tercera España y a lo mejor hasta una cuarta. Ojalá
— ¿Y cómo ve a España, como ve el mundo ahora que hay gente que busca paralelismos entre la España y el mundo de Chaves Nogales y el de hoy?
— Aquello no lo viví. Pero decía el filósofo Karl Popper en una de sus últimas entrevistas hace diez años una frase que me impresionó. A ver si estad usted de acuerdo. Decía: ‘El mundo está muy mal. Pero estamos mejor que nunca’. Paradoja curiosa, pero es posible que tenga razón.
— ¿Y cómo estaremos mañana? ¿Le preocupa este clima prebélico, la irrupción de Trump...?
— Es para estar preocupado. Y ahora tenemos esta cosa de Bruselas, el kit de supervivencia y coger agua y papel higiénico por si tenemos una guerra. Me recuerda a mi abuela, que sí vivió la guerra y nos decía a los nietos donde teníamos el aceite y las judías en un armario que tenía en el sótano. Nosotros le decíamos ‘pero, Lela’, la llamábamos así. Y ella contestaba; ‘sí, sí, yo también decía lo mismo de la guerra y me la comí con patatas’. Hace unos días, una sobrinilla que tengo me preguntaba ‘ tío, si hay una Tercera Guerra Mundial, por qué va a ser? Y no supe qué contestarle. ¿Por qué va a haber una guerra mundial? ¿Por la estupidez humana? ¿Por qué tenemos que recurrir al kit de supervivencia en Madrid? ¿Nos van a bombardear? No sé si Karl Popper tendrá razón, pero ¿en qué se diferencia la Guerra de Ucrania de la Guerra del Peloponeso? En los drones. Pero es igual de bestia. Veía en una plataforma el otro día a unos soldaditos rusos en Ucrania que eran niños. Muertos de miedo. No sabían por qué tenían que matar a nadie. No sabían por qué los iban a matar a ellos. Eso es lo que denuncia Chaves Nogales por la boca de Juan Martínez. No habla de los dirigentes. Habla de esos que eufemísticamente llamamos ‘daños colaterales’. Una madre en Gaza con el cadáver de su hijo de cuatro años envuelto en una sábana. ¿Por qué ha muerto ese niño? Siempre sufren los más débiles. Porque el hijo de p... de Putin, mientras bombardean pide otro plato de ostras. Antes, por lo menos, el rey iba a caballo y también podían matarle. No me cabrée usted, señor Fidalgo...
— Nada, nada. Vamos a aflojar un poco para acabar. Tiene orígenes bercianos, fue pregonero de las Fiestas de la Encina y sus manos están en la acera del Teatro Bergidum. Al final el voy a preguntar si come botillo a menudo.
— Pues no. No soy vegetariano a propósito, pero poco a poco en las giras me preguntan los compañeros por qué nunca como carne. Y es verdad, cada vez como menos carne y embutido.
— ¿El teatro es la excusa para volver? O viene a menudo. Todavía tiene familia en el Bierzo.
— Vengo al teatro con mucha frecuencia a trabajar y no me hace falta venir con otro pretexto. Aprovecho para verlos y cenar con ellos. Vine muchas veces de niño y de jovencito con mi padre. No hacía teatro todavía, solo me gustaba subir y bajar el toldo de Novedades Tina, que tenía una tía mía.
— Suerte con la función.
— Pues ponga usted también de su parte como decía aquella frase tan tajante: ‘la mitad de la belleza del paisaje la pone el que mira’.