Mil kilos de dinamita vuelan 40 años de historia en Compostilla II y abren la fase final de su desarme
La nave de tolvas explotó primero y, después, lo hicieron las dos chimeneas con un margen de un segundo; aunque el plan no salió según lo previsto y la base de la chimenea de los grupos 4 y 5 quedó en pie como la metáfora de una resistencia que el Bierzo conoce bien. El operativo ha sido un reto técnico y de seguridad que ha borrado una de las imágenes más emblemáticas de la comarca

Hicieron falta más de mil kilos de dinamita para tumbar las dos chimeneas y la nave de tolvas de la central térmica Compostilla II de Cubillos del Sil y ni con eso cayó todo. El plan de voladura no salió según lo previsto y la base de la chimenea de los grupos IV y V se mantuvo en pie como si quisiera significar la resistencia del Bierzo que fue. A la una de la tarde en punto, voló el edificio en el que se almacenaban los depósitos donde llegaba y se dosificaba el carbón para el funcionamiento de la central y, en décimas segundo, empezaron a caer también las dos chimeneas. 270 y 290 metros de hormigón se vinieron abajo en poco más de lo que dura un parpadeo y así se desvaneció una imagen icónica de la comarca. Quedó polvo.
Hace más de un mes que los trabajadores del desmantelamiento de las instalaciones —apagadas desde 2020— empezaron a preparar el terreno para la voladura y, ayer, 25 de ellos conformaban el operativo, además del personal especializado en este tipo de intervenciones. El resto contempló en la distancia el final de una era, cuando queda menos de un año para que su labor sobre el suelo que dejó Compostilla II termine, ya que Endesa ha fechado a finales de este 2026 el término del desarme. Estaban ellos y multitud de personas que no quisieron perderse la despedida. Como Ángel Morales, que entró a trabajar en la central térmica de Cubillos del Sil en 1954 y ahí estuvo 44 años. Sus ojos vieron y sus manos contribuyeron a levantar cada uno de los cinco grupos térmicos. Los 1, 2, 4 y 5 ya han sido completamente desmantelados y se están ultimando los trabajos en la unidad 3 y en varios edificios de servicios de la antigua planta. Es lo que queda.

Momento en el que se ve caer la última chimenea.
Para este antiguo trabajador que fue supervisor técnico de montaje, conservar las chimeneas nunca fue una opción. Asegura que quien ha defendido su mantenimiento lo ha hecho por puro desconocimiento. Y no es él el único exempleado de la térmica que defiende lo mismo. «El pasado es pasado y pasado está. Ahora hay que mirar al futuro y eso pasa por reindustrializar esto y crear puestos de trabajo. Es verdad que nostalgia siempre hay una poca, pero la nostalgia hay que superarla. Esto es una etapa más en la vida de la central Compostilla II», dijo Ángel Morales.
Las empresas Recifemetal y 4D, contratadas por Endesa, se encargaron de la voladura de las instalaciones con un peso aproximado de 44.000 toneladas. En la operación, realizada de manera sincronizada, se emplearon 1.074 kilos de explosivos. El 95% del escombro —aseguran fuentes de Endesa— se va a revalorizar. De su retirada se encargará ahora una plantilla que acumula más de 1.250.000 de horas de trabajo. Actualmente, son alrededor de 80; aunque ha habido picos, en enero, de hasta algo más de cien, según la información de la propia compañía energética.
Volar las chimeneas no era un reto fácil. El perímetro de seguridad se extendió en un radio de hasta 400 metros alrededor de cada instalación y todos los accesos quedaron cortados a primera hora de la mañana. Las bases de las chimeneas ya había sido minadas semanas antes y horadas para asegurar el tiro. La idea era partirlas en dos y que cayeran por su propio peso en direcciones opuestas. Pero nadie contaba con que una sección de la más antigua se mantendría en su sitio.
«En cada una de las chimeneas se ha llevado a cabo el debilitamiento del fuste para que se plegara a la mitad y cayera hacia la zona deseada de forma controlada, doblándose sobre sí misma», explicó Endesa, haciendo especial hincapié en el «desafío técnico» que ha supuesto la demolición de la nave de tolvas, ya que lo que se ha hecho es provocar su vuelco. El dispositivo de voladura se completó con la instalación de pantallas de protección y la colocación de cañones nebulizadores y aspersores de riego para minimizar el polvo ocasionado con la demolición. Además, todo el proceso fue monitorizado y se utilizaron sismógrafos para medir las ondas. Ya se había trabajado previamente, zanjeando el terreno de la superficie industrial para amortiguar las vibraciones. Algo de especial necesidad dada la proximidad del embalse de Bárcena.

Fase final de la voladura.
Las chimeneas de Compostilla II estaban entre las más altas de España. La de los grupos 1, 2 y 3 era la que medía 290 metros, como un rascacielos de más de 70 plantas, y tenía una base de 26,6 metros de diámetro que se iba estrechando hasta alcanzar los 11,10 metros en la cima. La de los grupos 4 y 5 tenían una altura 270 metros con una base de 22,15 metros de diámetro en la parte inferior y 10,10 metros en la superior. La expectación fue máxima para verlas caer, hasta el punto de tener que desplegar un plan de tráfico para ordenar el paso de las decenas de vehículos que llegaron de manera escalonada y se fueron a la vez.
Entre los testigos de la voladura estuvieron el candidato de Vox a las elecciones de Castilla y León, Carlos Pollán, y el portavoz nacional de Economía y secretario general de la formación en el Congreso de los Diputados, José María Figaredo. Ambos fueron muy críticos con las políticas dispuestas para frenar el cambio climático que niegan y culparon a PSOE y PP de un «crimen contra el bienestar de España y de los españoles».
«El derribo de las chimeneas de la central térmica de Compostilla II es el ejemplo claro del fanatismo climático que acaba con el mundo rural», dijo Pollán. «Se ha puesto el último clavo al ataúd del bienestar de Ponferrada», añadió Figaredo, que trajo el pasado al presente de una extinta central térmica en la que la actividad cesó hace ya casi seis años y reprochó las «políticas suicidas» de los dos grandes partidos, «demoliendo centros neurálgicos de producción energética para España».
A expensas de ver cómo se remata la acción para derribar también el segmento de la chimenea que sobrevivió a la explosión, el plan de Endesa está prácticamente completado y la pregunta que hicieron muchos de los allí reunidos fue común. «¿Y ahora qué?», cuestionaron. Una vez concluya el trabajo de desmantelamiento, quedarán huérfanas unas 375 hectáreas de superficie industrial. «Ahora, nada», lamentaron quienes ven negro sobre negro en el Bierzo que fue el faro de todo el país. Y la mejor prueba es Compostilla II.
