LA FRAGUA DE FURIL
Músicas del mundo
LA MÚSICA como alimento espiritual y elemento básico en esta época de convulsiones; la música como medio de relajación y arte terapéutico a través del cual algunos músicos, como Arto Tunçboyaciyan, intentan comunicarnos grandes valores, entre ellos el afecto, y aun «su sonido de la vida». Es un lujo contar en Ponferrada, en concreto en el Bergidum, con la presencia del turco, de origen armenio, Tunçboyaciyan, la saharaui Mariem Hassan o los Gaiteros de Lisboa dentro del ciclo Mu_Danza. Esta pasada semana nos hemos empapado con buenas músicas, y eso nos ha alegrado la vida, sobre todo en este período electoral donde la política, que está hasta en el pote, impregna con su hálito, y a veces halitosis, todo. Se agradece esta brisa cálida y musical, que nos sitúa en alguna costa idílica, véase la cántabra de Castro Urdiales, fuera de ruidos y estreses. Comenzamos con el concierto de los legendarios The Who en el Bec (Bilbao Exhibition Centre), que resultó extraordinario, con un sonido en directo impecable, gracias a la energía envidiable de los «viejos mods» Roger Daltrey (voz y líder del grupo) y Pete Townshend (guitarra), que nos hicieron vibrar con su música psicodélica y algunos temas de sus óperas rock, Quadrophenia y Tommy, y finalizamos la semana laboral con los Gaiteros de Lisboa, a quienes ya habíamos escuchado en el festival de Ortigueira, los cuales nos devolvieron a nuestros orígenes galaicos. A Arto también tuvimos la ocasión de verlo, hace unos años, en el Emperador de León, cuando por este magnífico teatro pasaron músicos de la talla de Philip Glass, Goran Bregovic, Hendningarna, etc. En aquella ocasión Arto iba con la Armenian Navy Band, que ahora escucho con pasión mientras escribo a ritmo de sonidos étnicos. Además de un hombre-espectáculo, es un excelente percusionista y cantante, compositor de alguna banda sonora, tocador de cacerolas, que nos mantuvo despiertos y hechizados durante dos horas. Por otra parte, descubrí a Mariem Hassan, a quien nunca había escuchado, ni siquiera su nombre, aunque uno sienta devoción por los saharauis. Enchilabada de blanco de la cabeza a los pies, como una virgen y con voz balsámica, logró que nos adentráramos en el desierto. Acompañada por dos guitarristas, un bajo y una simpática bailarina-percusionista, Mariem -qué guapo nombre- nos fascinó, como buena encantadora de serpientes, con el blues del desierto y la canción de la Intifada. Al gran José Ángel también le entusiasmó.