Máscaras y desenterramientos
A TRAVÉS DE la máscara uno puede interpretar papeles cómicos, trágicos y tragicómicos. Los españoles tenemos cierta tendencia a lo tragicómico, pues el nuestro es un país de chirigota, fanfarrias y gaitas, en un contexto con sabor y aroma trágicos, y hasta con ribetes melodramáticos chiquichiqui. La Guerra Incivil, con su carnicería fratricida, y la posguerra de hambrunas y persecuciones, con miles de enterrados, nos han dejado heridos. Desde hace años la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica se encarga de desenterrar de las orillas y las pozas comunes a los desaparecidos durante la represión franquista. El documental Los nietos, y la reciente exhumación de cuatro paseados en Carucedo, nos ha refrescado la memoria, porque aunque es conveniente perdonar a quien nos hizo daño -como Cristos llagados, incluso sin ser cristianos-, no podemos olvidar, que la amnesia no es buena compañera. Y los españolitos, al igual que tendemos a lo tragicómico, también nos da por hacernos los amnésicos. Los nietos, dirigido por la belga Jeunehomme, es un testimonio indispensable, que a los bercianos nos toca de cerca, porque además se rodó aquí. Sorprende ver a gente que sufrió los espantos de la guerra y cómo cuenta sus vivencias, con un sentido del humor envidiable, tal vez porque los bercianos, al menos los que hoy tienen más de ochenta años y dan fe de lo ocurrido, viven en un estado de morriña aderezada por una retranca galaica. En cualquier caso, bercianos y demás congéneres acabamos interpretando algún que otro papel, aunque insistamos en nuestra naturalidad, y una supuesta sinceridad, porque en el fondo todos tenemos máscara, que oculta nuestra propia apariencia, o bien somos máscara, esto es, «persona», cuyo fin último, al igual que en el teatro griego, es poder representar muchos personajes, cambiándonos de antifaz, como los del Teatro Delusio , que lograron devolvernos, en el Bérgidum, a nuestra matria chapliniana de carcajada e ilusión. ¿Qué sería de nosotros sin máscara, sobre todo en este mundo enmascarado, donde nadie es lo que parece? ¿Acaso podría vivir en armonía nuestro ser con nuestro parecer, nuestra máscara con nuestro rostro? ¿O estamos en permanente conflicto? Como vemos en Persona de Bergman, ese rostro-máscara, doble, partido, fusionado por momentos. Algún día, a lo mejor, lograremos desenterrarnos de nuestras caretas y alcanzar el absoluto, la revelación del verdadero ser.