Diario de León
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ernesto escapa
León

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La cuesta de enero más difícil de este siglo ofrece su primer respiro en la despedida, al trasladar el foco de atención a la Feria Internacional de Turismo de Madrid, que durante cinco días evaluará nuestras expectativas en competencia con otras autonomías interiores y playeras. Quizá la peor señal de lo que nos puede esperar fue la presencia en la comitiva inaugural, junto a los Príncipes, del ministro Soria, el mismo cenizo del carbón, las energías renovables y Paradores. A estas alturas, sabemos ya que nada positivo podemos esperar de su Ministerio, pero también conocemos que nuestra industria turística, por su minifundismo, depende de otros estímulos, que tienen mucho que ver con el trabajo bien hecho y con el empuje robinsoniano de los emprendedores del turismo rural, de la gastronomía y de los productos naturales.

Fitur ya no es el expositor de vanidades que fue en los años del dispendio. La crisis ha hecho que su despliegue resulte este año más discreto y en esa rebaja hay que apuntar alguna ausencia rechinante, como la de Francia. En lo que nos afecta, también se nota el aprieto, de manera que ya no cabe la sorpresa de encontrar en el recorrido el puesto de una comarca o una villa mostrando su abanico de seducciones. Los recortes de la crisis apaciguaron presunciones, relegando aquellos alardes provincianos de no voy a ser menos que mi vecino. La tuerca ha atornillado también el escaparate de los destinos internacionales, donde ya no se respira aquel consumismo compulsivo de por ese precio me apunto a dos. Así que la tesitura es favorable a nuestra mercancía turística, siempre que su promoción se maneje con criterios profesionales y sensatos que no ofendan al sentido común.

Eso afecta en primer lugar a las instituciones, tan aficionadas a salir en la foto del turismo. Deben ajustar no sólo el presupuesto, también los criterios. Y evitar la confusión y el barullo de mensajes. Para empezar, descargando el equipaje promocional de tópicos que no dicen nada, y luego no cambiando de paso con cada relevo político. Es preciso aquilatar un producto turístico que sume atractivos, integrando recursos complementarios en los que nuestra tierra es pródiga. Porque estamos atravesando un momento delicado. La restricción del gasto familiar viene afectando no ya sólo al negocio, sino incluso a la capacidad de resistencia de quienes apostaron por el turismo rural. Y no podemos olvidar, antes de seguir asfixiando sus expectativas, que a menudo esos emprendedores son la última llama de esperanza para muchos rincones aislados y declinantes de nuestra Comunidad.

El horizonte inmediato se presenta complicado, sin más aliciente de tirón seguro que las Edades del Hombre de Arévalo, que van a contar con el atractivo añadido del cochinillo y las antigüedades de la villa morañega. Por León seguirán pasando peregrinos y nuestros espacios naturales con más gancho continuarán en declive, esperando el día en que la administración iguale sus dotaciones a las de los espacios vecinos. Nuestros Picos de Europa como los asturianos y cántabros o Babia y Ancares como el Duratón y Río Lobos. Me refiero a la apuesta pública, no al encanto, que cada cual tiene el suyo y no salimos perdiendo.

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