VERLAS VENIR
Los trenes sí dejan huella
Después del susto de Montoro, que amagó con arrasar nuestro tejido municipal como búfalo en estampida, la sucesión de chascos apenas deja espacio para el alivio. Ahora Montoro y sus proyectistas tienen otros agobios más urgentes, con lo cual las juntas vecinales pueden respirar una temporada tranquilas. Nadie arregla el derrumbe de la minería, estancada entre huelgas, demoras y reproches, pero se iba urdiendo el éxodo de nuestros niños periféricos, obligados para seguir aprendiendo a cabalgar ciento cuarenta kilómetros diarios durante meses de nieblas, nieve y hielos. En el sur, Valderas lleva meses y meses en abandono y bancarrota, esperando que la lideresa y el líder de los partidos en León tengan un rato para ponerse de acuerdo y buscar una solución. En la estación de los recortes, nuestras pérdidas no son todas compartidas ni rutinarias.
Los paisanos de la provincia que vieron arder casas en sus pueblos, sin que se inmutaran los bomberos, alucinan con la disputa competencial entre la lideresa Carrasco, la Junta y el Consultivo de Amilivia. Como si esas pejigueras tuvieran algo que ver con nuestras urgencias. Que se pongan de acuerdo o que los pongan, pero que garanticen el servicio. En este escenario de privaciones, la única certeza viene siendo la lluvia de cada día. Los indicadores económicos van cada cual peor que el de al lado, y cuando no es así, se decreta río revuelto y ganancia de pescadores. Es lo que puede ocurrir con el déficit. Mientras algunos territorios fueron prescindiendo de lo accesorio y luego adelgazando lo esencial, otros mantenían embajadas y alentaban convocatorias soberanistas, riéndose de las advertencias chocarreras de Montoro y de las censuras solemnes de Santamaría. Ahora los grupos políticos de las Cortes han alcanzado un acuerdo de postura común para enfrentarse a ese horizonte injusto de asimetría en los sacrificios. A ver cómo se administra.
No son los únicos sobresaltos que inquietan este intermedio primaveral entre la Semana de Pasión y la fiesta de Villalar. Tanto la actividad mercantil como la producción industrial van de mal en peor. Su caída dobla el desplome nacional. Si miramos a los lados, la impresión es aún más desoladora. Se consumió marzo y de la solución a la ruina de Caja España Duero, a la que puso ese plazo desde Bruselas Almunia, seguimos sin tener más noticias que las cabreantes. En primer lugar, el anuncio de mil quinientos despidos de la plantilla. Luego, el cierre de oficinas. En cambio, a estas alturas, sus catorce mil impositores atrapados en el engaño de las preferentes son los únicos que no conocen la dimensión del fiasco. No ha habido una oferta de canje ni una valoración de la quita. Eso sí, los responsables del desastre siguen tan ufanos. De momento.
Ángel Villalba, que también fue presidente de Caja España, ha visto cómo la Intervención del Estado pone en solfa su gestión de vía estrecha al frente de FEVE. Le acusa de un perjuicio patrimonial de 1,2 millones de euros, sustanciado en actuaciones inmobiliarias y de liquidación de chatarra, a la vez que advierte «un incumplimiento muy grave del principio de transparencia» en la forma de comprar 28 trenes por más de 62 millones antes de tender la vías por donde habían de circular. Mientras, León desespera de recibir algún día la alta velocidad. Ya tenemos olvidados los reiterados y deslizantes compromisos.