VERLAS VENIR
Donde vuelan las águilas
Nuestra catedral, que de momento carece de respaldo económico para volver a adornar los pórticos con sus imágenes góticas, acogió esta semana los funerales de los guardias civiles muertos en Maraña, durante la operación de rescate de un aventurero accidentado. De este modo, cerrando un paréntesis de tres meses y medio, la catedral recupera a las puertas de septiembre su condición de espacio de acogida institucional. Son las paradojas de este tiempo nuestro, tan propenso a la barbarie y al desconcierto. Mediado mayo, albergó los funerales de Isabel Carrasco, arropados por las primeras autoridades nacionales. Y a lo largo del verano convoca a miles de visitantes, generando un fluido turístico y económico que repercute en el dinamismo de León, una tierra a la que le ha ido fallando casi todo. Son puntadas de actualidad en un tapiz al que falta el nexo de su cohesión.
La secuencia ceremonial fuerza algunas reflexiones prendidas del hilo de la desdicha. Viniendo a lo inmediato, que es la tragedia de Maraña. Resulta que mientras hacemos alarde de la excepcional riqueza de nuestro patrimonio natural, no pasa semana sin que se oiga el empalagoso lamento por la creciente despoblación rural, que hace insostenible la asistencia a los resistentes en los pueblos. Como si ellos fueran la anomalía y no quienes nos empeñamos en protagonizar un proceso de mudanza permanente. En otras palabras, por paradójico que suene, ellos son los sostenibles, no los inquietos y contaminantes urbanitas. Y a su capacidad de convivencia con el medio se debe la riqueza de nuestro patrimonio natural. No al resultado de machaconas campañas oficiales, sino al fruto de una relación marcada por la sabiduría del respeto. Históricamente, la presión poblacional en nuestro espacio geográfico no ha resultado agobiante para el equilibrio ecológico. Incluso podría decirse que a lo largo del tiempo la actividad agrícola y ganadera se fueron acompasando con los ciclos biológicos.
Por eso, no vale premiar con el reproche ni aventurar escenarios de futuro y horizontes en los que los pueblos aparecen exclusivamente como una carga insoportable. En todo caso, la reflexión surgida de la tragedia de Maraña debiera conducir a un profundo respeto del mundo rural. Que se echa en falta. Extremando el ejemplo, nos encontramos ahora con una afluencia vacacional de urbanitas a los pueblos, que a menudo se conducen con el aturullado despiste que paseaba Martínez Soria por la ciudad de los primeros semáforos. Donde vuelan las águilas no es lugar para aventuras ni desafíos de gimnasio. Porque la naturaleza tiene sus propias normas que no se pliegan al capricho de ningún alarde.
Al hilo de los retornos vacacionales, que se prolongan durante los fines de semana ordinarios, parece inevitable modificar el cuenteo de los padrones. Porque numerosas zonas rurales estadísticamente despobladas acogen de viernes a domingo una afluencia urbana que disfruta sus privilegios de tranquilidad pero no reporta los debidos beneficios. Esta anomalía resulta especialmente visible en los alrededores urbanos y en los límites comunitarios más próximos a las grandes ciudades. No se trata de rechazar a nadie, pero sí parece imprescindible y conveniente empezar a echar las cuentas de un modo más cercano a la realidad. Porque lo que ya no cuela es la alabanza de aldea que escatima servicios esenciales.