VERLAS VENIR
Muecas y sobresaltos
L levamos un tiempo en que los anuncios de iniciativas se van quedando en yerbas, sin otro fruto que unas cuantas dietas y devengos para los enredabailes. Sobre todo, si se trata de regeneración, que es el ensalmo del que echan mano los holgazanes cuando aprieta el malestar. Pero ocurre que otra vez estamos en la semana de la Constitución con la cara sin lavar y los datos de empleo a contrapié. Lo peor es que ahora los promotores de la poda salarial, la maldicen como causante de la creciente pérdida de consumo, mientras atribuyen a un eventual aumento de las retribuciones efectos benéficos tanto para la producción como para el empleo. Son los juegos de birlibirloque de los prescriptores, que tanto valen para el revés como para el derecho. El caso es no reconocer errores, por si un día toca afrontar el tropiezo. Porque habría que preguntar: Entonces, ¿a qué esperan? ¿A que lo mande Alemania?
Pero llegan estas fechas de balance y saltan aquí y allá datos que escuecen como sarpullidos. Si hace unas semanas el turismo de ligoteo desveló el gasto en viajes de placer de los parlamentarios, ahora nos enteramos de que los grupos del Congreso de los Diputados reciben para su manejo sin control nueve millones de euros al año. Ninguna de las sucesivas y solapadas iniciativas partidarias para regenerar la vida democrática apunta a pinchar esa bicoca. Hasta ahí podíamos llegar. Sus ocurrencias siguen derivas que perjudican al ejercicio del control de la actividad pública, pero sin tocar el bolsón. Son tentativas retóricas y recurrentes, que se pregonan cada vez que amaga tormenta, pero sin ningún propósito de aplicarlas. Hace unos meses, en tiempos del profuso Gallardón, se habló mucho de los aforamientos, que en España son más numerosos que en cualquier otro lugar. Entonces pareció razonable que los pertrechados no se contaran por miles. Pero hecho el ruido de la prédica, la confluencia de intereses de unos y otros mandó parar y aconsejó congelar la mudanza. No fuera a ser. Y ahí quedó el baldón.
El efecto benéfico que está teniendo la irrupción del malestar como alternativa electoral ha sido agitar el cuajo de la alternancia, donde unos y otros miraban para otro lado, dando por buenas y perpetuas herencias envenenadas. Porque esa opacidad de los dineros que consumen y reparten los grupos parlamentarios no es sólo del Congreso y del Senado. También cobija al presupuesto de nuestras Cortes y, si me apuran, a los fondos distribuidos en Diputaciones y Ayuntamientos para los diferentes grupos políticos. Una dotación no sé si generosa o acaso insuficiente. Supongo que dependerá. Pero, eso sí, opaca e indescifrable en todos los casos, que es lo único que no debiera ser. Porque la opacidad esconde frecuentes abusos, que oscilan entre el chantaje y el despilfarro. Es preciso, y cada vez se hace más urgente, iluminar los agujeros negros de la vida pública, que siempre tienen que ver con el dinero.
Al margen de estos enredos de ordenanza, la liquidación de El Árbol va resultando cada semana más traumática. Primero, por los cierres y despidos, y luego por las quitas a proveedores, que anuncian una relación chantajista. Perdonada parte de la deuda, ahí te quedas, productor. Como se quedó el museo de San Isidoro, esperando la aportación de Caja Madrid para aplicar el diseño y despliegue propulsado por el profesor Bango Torviso. Una engatada navideña.