Retreta zamorana
L a estrategia de retreta nombra una maniobra de repliegue con variante festiva y carnavalesca, que propicia la sátira y purga grupales. Es el género en que se inscribe la visita campesina del viernes a Benavente y Zamora de la baronesa andalusí Susana Díaz, que provocó el tumulto imaginable en las menguadas y retraídas filas socialistas mesetarias. Porque la heredera de los encausados Griñán y Chaves venía amagando con remontar la Vía de la Plata desde que Pedro Sánchez llegó a la secretaría general socialista con el ensalmo de las primarias.
Se ve que no es buen viático para encabezar al partido socialista este de las primarias. Y no tanto por la limitación de la convocatoria a la militancia, como por el sordo rechazo que sus resultados generan en el aparato del partido. Primero sordo, para hacerlo estrambóticamente ruidoso cuando parece preciso. Y exactamente ahí nos encontramos, con la vuelta al ruedo opinativo del patriarca González, descendido por un rato de su limbo económico. Alentando el barullo desde los figones del aparataje y con afirmaciones radicalmente contradictorias con lo actuado hace ocho años, cuando Josep Borrell se convirtió en vencedor de las primarias socialistas frente al candidato de González y del aparato: Joaquín Almunia. Entonces, nadie podía suponer que Borrell iba a ganar holgadamente al íngrimo Almunia, situado en la secretaría general socialista.
Pero ocurrió por una horquilla de votos notable, que dejó perplejos a los tutores del jesuítico Almunia. Seguramente, conviene recordar ahora que Almunia no dimitió de su cargo en la Secretaría General por el revés y prosiguió con las asechanzas al catalán, hasta que una sórdida maniobra de la policía política de la época consiguió quitarle de en medio a Borrell. Sucedió trece meses después, en mayo de 1999, y un comité federal extraordinario aupó otra vez a Almunia al frente de la candidatura socialista, que iba a estrellarse en alianza con el payés comunista Francisco Frutos.
Aunque toda esta travesía lamentable no queda tan lejos, sorprende el manto de olvido que sobre ella se aplica, quizá para distraer la repetición de obstáculos y añagazas que ayer trampearon a Borrell como ahora a Sánchez. Pero tampoco conviene perderse en las evocaciones más que para extraer las debidas enseñanzas.
Desde luego, la primera tiene que ver con la discutida legitimidad de las primarias, que después de un tiempo de exigencia en todas las direcciones, parece encontrarse ya en la pendiente pidiendo el relevo. Si así fuera, debiera decirse sin embozos y proceder a su jubilación. Pero mientras este modelo de democracia directa siga vigente, calma y un poco de por favor. Es decir, menos cabildeos y una pizca más de responsabilidad.
Porque este deslizamiento de apoyos hacia la heredera de los encausados por el más cuantioso de los escándalos de corrupción de nuestra democracia, sólo se puede entender teniendo en cuenta la desmedida temporada de vacaciones pagadas de todos ellos, y además la acreditada tradición de falta de responsabilidad política para asumir fracasos sin tratar de endilgarlos al vecino.
Así, resulta muy sorprendente comprobar cómo se apuntan al derribo de Sánchez desde Zapatero, a quien debemos los españoles la mayor parte de nuestros quebrantos económicos, al consejero del Ibex González, que ya anduvo en el derribo precedente de Borrell. En el caso de Zapatero, además, hay que tener en cuenta que Sánchez y sus lugartenientes proceden todos del entorno de Pepiño, aquel insigne lucense que le amañó el congreso a Zapatero frente a Bono y doña Rosita Díez.