Diario de León
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VERLAS VENIR ERNESTO ESCAPA
León

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D ado el estilo zarrapastroso y nada fino de los preliminares que condujeron al asalto del día de san Remigio, nadie debiera extrañarse de las consiguientes pataletas, que van nublando el tránsito socialista por un octubre que culminará como siempre nuestro centurión Marcelo. Porque hay cosas que no cambian, por más que se afanen los ganapanes en retorcerlas. De hecho, no creo que ninguno de los intrépidos sofaldados de doña Susana en Benavente alcanzara a aventurar la cisquera que rodeó al comité federal socialista que abrió el menú político de este octubre.

Porque a Benavente bajó de sus Asturias don Javier Fernández, que no es nuevo en estas lides, y también se acercaron otros descontentos de las diversas y dispersas taifas del socialismo menguante. Al fin y al cabo, lo que allí se tramó, antes de que la baronesa andaluza bajara a reposar junto al Duero en Zamora, admitía variantes de aplicación más sutiles que el lenguaje de cachiporra finalmente empleado.

Pero la confluencia de prisas es lo que tiene: acelera el ritmo y convierte las diferencias en heridas de sangre, que es lo que hubo. Mucha impaciencia y ganas de cortar por lo sano. Porque lo prioritario era y sigue siendo que nadie haga memoria y repase de dónde viene la creciente desafección de los votantes.

No vayan a concluir finalmente los curiosos de andar indagando que los malos y hasta pésimos resultados cosechados por el consorte de Valdefuentes, Pedro Sánchez, no eran peores que los conseguidos por Rubalcaba sin rivales que le disputaran el espacio. En la conjura de Benavente estuvo también el grupo de Zapatero, a cuya luminosa gestión debe nuestro país varios de sus problemas más enrevesados. Desde la quiebra territorial al derrumbe del empleo. Por eso ha resultado tan instructivo este mes de octubre, que abrió san Remigio y remata el segoviano san Alonso Rodríguez. Ha permitido contemplar, por un flanco, los provechos del zorreo, estrategia que consiste en dejar que pase el tiempo haciendo como que asientes, mientras por el otro triunfa una vez más quien aguanta y resiste con el objetivo de ganar.

Pero todo este menudillo tiene fecha de caducidad y plantea serios inconvenientes para quien lo tome como pértiga con que salvar alguna dificultad. Ese salto no tiene buena caída y anticipa costalada. Claro que si los competidores andan como han quedado los socialistas, no es difícil hacerse ilusiones. Y todavía queda por ver lo que ejecuten la tarde del sábado, en la votación decisiva para la investidura de Rajoy.

De momento, para el comité federal decisivo, recurrieron a la presidencia de Pepiño Blanco y a la propuesta de votación de la eminente Elena Valenciano, lo cual es bien revelador tanto de sus escrúpulos morales como de sus providencias intelectuales. También de la alargada sombra de Rubalcaba, quien quizá no ha encajado todavía que sus 122 diputados fueron más insignificantes que la menguada cifra de Sánchez.

Las revelaciones y transparencia de estos meses no permiten ser optimistas sobre el cuidado que nuestros políticos van a dedicar a los aspectos que preocupan al gentío peatonal. De los pensionistas, que ven su hucha asaltada por la imprevisión, a los jóvenes, sin expectativas de alcanzar un empleo decente.

Y entre medias, la legión de los desamparados, más nutrida cada día. Por eso importa, ahora que por fin se acaba su recreo, estar vigilantes, para que no cunda en ningún caso el pregón de los barateros, que confunden al país con un mercadillo de trampas.

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