Pasan cosas así
L a columna de Emilio Gancedo me derivó hacia un episodio que creía lejano, pero que como el dinosaurio de Monterroso todavía sigue ahí, aunque parezca inverosímil. El texto de Gancedo, maestro en diálogos sabios con la crema rural como los que recoge en sus Palabras mayores, revive el perfil irónico del mejor periodismo, que se acoge a la bandera batueca desplegada por Larra hace un par de siglos. El individuo de la Junta, lo titula Gancedo, y desglosa la secuencia de rutios de un diálogo de besugos. Como enseñó Montoro y pataleó el extinto Soria, las relaciones entre administraciones vienen marcadas por la envergadura respectiva. Ahí sí que importa el tamaño. Hasta el punto de resultar insólito el trato adecuado entre gobernantes de distintas escalas. Y sin embargo, todos andan igualmente ocupados en intereses legítimos, al margen de cual sea el número de sus administrados o el bulto que hagan.
Bajando de la teoría a los asuntos, la Junta concedió en mi pueblo de Carrocera una autorización para extraer gravas y arenas en el paraje del Camparón, que la empresa Calderón Obras y Servicios gestionó sin atenerse a las condiciones establecidas en el boletín oficial de 2 de enero de 2015, motivando con su actividad la protesta de la Junta Vecinal. Porque enseguida quedó claro que las cautelas ambientales establecidas en el boletín no contaban ni poco ni mucho ni nada. Y eso no es opinión de parte ni repulgo de tiquismiquis. Cortaron el camino de acceso a las fincas privadas del Valle Grande y cambiaron el curso del arroyo, a pesar de tenerlo expresamente prohibido por la Confederación Hidrográfica del Duero.
Luego, años de abandono de la actividad, que sólo se retoma episódicamente y muy de cuando en cuando para no perder la concesión, dejaron las balsas de decantación sin control y vertiendo arenas y gravas al cauce del arroyo y a su través al río Luna. Balsas de decantación sin ningún tipo de cierre perimetral, que suponen un grave peligro para los chavales que las usan como piscina veraniega y para la fauna. Sucesivas denuncias ante el Seprona, la Junta y la Confederación del Duero, que no fueron atendidas, obligaron a la Junta Vecinal de Carrocera a solicitar a las instituciones competentes que cumplieran su obligación aplicando la ley. A la vez, comunicaron idéntica reclamación, para que mediara en su nombre, al Procurador del Común. Pasado ya medio año, el presidente de la pedanía sólo ha recibido respuesta, en términos estrictamente kafkianos, del delegado de la Junta en León, don Guillermo García Martín, quien reconoce el corte ilegal del camino, para concluir: «lo cual no es impedimento de su posible utilización si estuviera en condiciones».
Si el individuo de la Junta respondió obtuso, la respuesta de la Confederación Hidrográfica del Duero, concernida por el desvío prohibido en el boletín del cauce de un arroyo y por las escorrentías también prohibidas de las balsas de decantación, que alcanzan hasta el Luna en la cabecera del embalse de Selga, sigue siendo la callada. Mis paisanos de Carrocera saben muy bien que la arenera Victoria II detuvo su actividad hace años, quedando obligada la Junta, depositaria del aval de la concesión, a restaurar los destrozos cometidos. Pero mientras ordenan visitas de inspección y transmiten encomiendas al negociado de régimen jurídico, van ganando tiempo en la distracción y evitan la reparación subsidiaria del daño ambiental ocasionado. Al fin y al cabo, el único malestar latente es el de una pedanía, que ocupa el peldaño más bajo de la profusa organización administrativa.