Diario de León
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VERLAS VENIR ERNESTO ESCAPA
León

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C uando había llegado a parecer imposible, la tutela tenaz del profesor Carlos González-Antón acabó por conseguir que el administrador ferroviario Adif revise el jarreo anual de ocho millones de litros desde León a Asturias por los pasadizos construidos para el tren. Lo notable del caso es que la protesta de una agrupación de entidades locales menores, situadas en el nivel más bajo y cercano a los perjudicados de la administración, haya podido doblegar los desdenes del gestor de infraestructuras más rumboso del Estado.

Han pasado los años, que van sumando millones de pérdidas a la sequía de la montaña leonesa de Gordón y la Tercia, pero los argumentos esgrimidos ya no dejan al gestor del atropello seguir negando el chorreo, mientras mira para otro lado. De momento, no es difícil calcular que los arreglos obligados por los batalladores montañeses de la Tercia y Gordón van a suponer nuevos retrasos en la circulación de trenes por los túneles de Pajares. En principio, hasta 2022, pero tampoco conviene aventurar fechas, cuando lo pendiente de hacer es sustancial. La variante ferroviaria de Pajares supera ya en gasto al nuevo Canal de Panamá y se postula como ejemplo de ineficiencia universal en el ámbito de las obras públicas. Porque la ambición de llegar rápido al otro lado conllevó el olvido y desprecio de las cautelas obligadas antes de atravesar una montaña.

Una ristra de ministros peregrinos acuciados por la urgencia perpetró la chapuza, sin encomendarse a dios ni al diablo. Y ahí estamos. Con un gasto desmedido y recurrentemente aumentado, pero sin paso. Por si no hubieran sido bastantes los estorbos acumulados en el proceso, ahora se vuelven a mudar las traviesas, que cambian al ancho internacional, en lugar de ibérico, por exigencia del voto asturiano del diputado forero del señor Cascos. Cuando algo se atasca, parece que su tropiezo desata el ansia revisora del ministro que acometió los primeros taladros, sin tener en cuenta la complejidad de estas montañas.

Idéntica estrategia del atropo había llevado a fabricar en León un culo de saco ferroviario, construyendo para ello una nueva estación efímera, después de evitarlo en Segovia, donde se alejó diez quilómetros la parada de la ciudad. Ahora bien parece que aquel ingenio no tenía otro propósito que disparar el dispendio, porque simultáneamente ninguno de los sucesivos gobernantes del tren veloz reparó en que faltaba para llegar a Asturias el enlace entre León y la embocadura de los túneles en La Robla. Ni el insensato Cascos, ni la intrépida Maleni Álvarez, que trajo al León de su jefe un aeropuerto como el de Málaga pero sin viajeros, ni el infeliz Pepiño Blanco, ni la cuitada Ana Pastor, ni el acongojado don Íñigo. Cada cual con sus prioridades, fueron olvidando licitar el tramo León–La Robla, a la vez que descuidaban el cumplimiento de la Declaración de Impacto Ambiental de los pasadizos serranos, esperando que el sellado de las goteras acallara las protestas.

Si al cabo de los años no prosperó el olvido, se debe a la tenacidad del profesor González-Antón, quien en nombre de los pueblos de la zona agrupados en Lacerta (Asociación Cultural, Ecologista y Recreativa de la Tercia y Arbas) y de la Federación Leonesa de Entidades Locales Menores, es decir del escalón administrativo más bajo, llevó el litigio a las instancias europeas que sufragaron buena parte de los pasadizos. Porque el administrador ferroviario se llamaba andana ante los requerimientos ambientales, aplicando correcciones “insuficientes, innecesarias e ineficaces”. Pero siempre caras, que es lo suyo.

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