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VERLAS VENIR ERNESTO ESCAPA
León

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L os recuentos semestrales de Estadística ponen de manifiesto una pérdida constante y creciente de población que nuestro ‘establecimiento’ político y académico se empeña en combatir con petardeo de estrategias, jornadas florales y cataplasmas diversas, que de momento sólo sirven para distraer del problema esencial. Porque nadie parece estar interesado en desentrañar el alcance y dimensión de esta sangría, que no puede reducirse a la operación superficial de contrastar las cifras de nacidos y fallecidos en cada período chequeado. Porque en ese recambio ni siquiera la longevidad conseguida por nuestro saludable nivel de vida está logrando alcanzar el equilibrio. Y ya que nos ponemos a examinar el encogimiento, mejor dejarse de pamplinas y afrontar el asunto en toda su crudeza. Por una parte, desde que la crisis nos asaltó en 2008 para quedarse, el único crecimiento relevante e incluso exponencial ha sido el de los millonarios españoles, poniendo con ello al descubierto un reparto de recursos obsceno, injusto y contrario al interés general. Si alguien piensa que incurro en populismo fácil de chafardero, que evalúe por sí mismo y en conciencia si el aumento en un 76% del número de compatriotas millonarios entre 2008 y 2017, los años más duros y sórdidos del proceso, es normal y muestra el resultado de una gobernación sensata. Desde luego, ningún otro país del orbe muestra semejante borrachera de dispendio: ni en Europa, ni en Asia, ni en América. Y personalmente entiendo que una cifra tan lacerante no puede ser excluida del debate responsable de la despoblación. A no ser que todos del bracete pretendamos subirnos al carretillo de los tópicos para confundir.

El desajuste entre las horquillas de muertes y nacimientos en el conjunto de España saltó por primera vez en 2015. Pero ese balance vegetativo, que actualmente sólo arroja saldo positivo en las comunidades de Andalucía, Madrid y Murcia, es poco expresivo para castellanos y leoneses, cuya sangría esconde perfiles de mucha mayor gravedad.

Porque nosotros estamos ya en la fase en que la pérdida de población no se limita a nuestros pueblos, sino que alcanza también a las cabeceras comarcales antaño dinámicas y, desde este 2018 que vamos a despedir, a todas y cada una de las capitales de provincia: desde Soria a Valladolid. Absolutamente todas. Y esta ampliación del arco menguante no es ya anecdótica, porque revela que el declive está instalado en todos los círculos de nuestra habitación. De manera, que los jóvenes que día tras día nos dejan lo hacen sin ningún espíritu de retorno, una vez que han comprobado que somos una tierra sin expectativa ni ofertas de vida y trabajo. Como concluía Jesús Torbado en su viaje por Tierra de Campos, hace ya más de medio siglo: «somos una tierra para morir, sólo para eso».

Así que si no median cambios profundos, capaces de retener a los jóvenes que se titulan en nuestras universidades después de invertir en su formación un gasto importante, vamos a tener que acostumbrarnos a interpretar nuestras infraestructuras como lanzaderas masivas hacia una despoblación que nos priva de disponer en la convivencia actual y futura de los mejores de los nuestros. Aquellos en cuya preparación invirtió más la sociedad. Por eso, resulta ya imprescindible quitar a los debates sobre despoblación su tufo alcanforino y despojarlos de esa mirada noventayochista que sigue considerando a la despoblación como un drama rural. De ahí viene y por ahí empezó, pero como nadie quiso verlo y menos remediarlo a tiempo, ahora ya está en nuestras ciudades, devorando su núcleo más fértil y creativo, que es el de los jóvenes. Si acaba con ellos, y en eso está, nos deja sin horizontes.

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