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ERNESTO ESCAPA
León

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Subidos al tobogán de las campañas, resulta muy poco ejemplar el espectáculo ofrecido por la apertura de las cámaras legislativas nacionales, una jornada sobresaliente por la chisgarabía de los mequetrefes parlamentarios, que no han guardado el respeto debido a la alta encomienda atribuida por sus electores. Mientras en las Comunidades del común proseguimos de campaña, ahora entretenidos con la intriga de los pactos. Claro que también ha sido relevante, más allá de los ruidos congresuales en la carrera de San Jerónimo y senatoriales en la plaza de la Marina, el diverso protagonismo desempeñado por dos de nuestros parlamentarios electos como presidentes de las mesas de edad de ambas cámaras. El médico burgalés Agustín Zamarrón deslumbró, además de por su venerable aspecto valleinclanesco, por el primor expresivo mostrado en el desempeño de su función transitoria, que resultó chirriante en un parlamento todavía desbordado de latosos botarates.

Bien distinta y rutinaria resultó idéntica gestión transitoria protagonizada en la constitución del Senado por el cansino Juan José Lucas, que una vez presidió la cámara alta, después de haber abandonado el timón de la Junta de Castilla y León. Si acaso, de estos copos por edad, cabe deducir nuestra condición de tierra saludable, adornada con el privilegio de la longevidad. Aunque para tener de todo y no presumir en exceso, también es preciso recordar que el principal alborotador senatorial, por la trapisonda del preso preventivo madrileño Raúl Romeva Rueda al prometer por imperativo legal su respeto a la Constitución, compitiendo en aspavientos con su conmilitón Rafael Hernando, resultó el director general de la policía patriótica e increíblemente todavía senador por Castilla y León Ignacio Cosidó Gutiérrez. Que ahí sigue metiendo bulla, a pesar de las revelaciones judiciales de sus manejos y de los dicterios de la vicesecretaria popular Andrea Levy, quien calificó como repugnante su actuación al frente de la policía.

Estos son algunos de los ecos procedentes de Madrid, donde el día de san Timoteo se inauguró la decimotercera legislatura. Acaso sin ser conscientes quienes jalean la chisgarabía en Madrid de que semejante barullo no ayuda nada a sus compañías ocupadas en la postulación de votos europeos, autonómicos, municipales y pedáneos. Que es a lo que andan por aquí hasta que concluya el viernes. Quienes aguantamos en la periferia del descuido, a duras penas nos vamos acostumbrando a este carrusel de altares, mítines, candidatos, programas, propuestas y modificados. Tanto tiempo sin pintar nada, que ni a la negra agonía del carbón hicieron caso, y de repente su urgencia por decirnos cosas hasta provoca que se tropiecen los pregoneros por las esquinas. Y es lo que toca porque ahora las predicciones vienen confusas. Más inciertas que nunca. Y esas dudas sacuden a los viejos partidos y a los nuevos, porque ni unos ni otros tienen claro el precipicio de sus caídas o la envergadura de sus conquistas. Como en los alardes del naipe, da la impresión de que todos van de farol en la carrera de los remedios, lastrados unos y otros por la misma incapacidad para asumir el dictado de los nuevos tiempos. Sin entender que se acabó la acomodada alternancia de la transición y hay más disputa para trocear el reparto. A punto de concluir la campaña europea, autonómica y municipal, los datos de los sondeos tienen amoscados y morugos a los contendientes, más preocupados por no estropear futuros pactos que por explicar con paciencia y pedagogía sus propuestas. Sin echar mano de ocurrencias o trucos baratos, contrastando proyectos y sin repartir descalificaciones a volatín.

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