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VERLAS VENIR ERNESTO ESCAPA
León

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Tanto tiempo hozando, y con tanta inquina, en el vertedero de la historia, estaba cantado que el día menos pensado acabaría saliendo la cochambre por la brecha más inesperada. Pero ni en la tesitura más retorcida podíamos suponer que ese coladero fuera a ser nada menos que un órgano colegiado del Tribunal Supremo. Aunque el supremo tribunal conjugue en su actuación rachas modélicas con otras embarradas y poco ejemplares, al menos hay que atribuirles el decoro de su alta representación, que obliga en cualquier circunstancia a todos sus miembros, sea cual sea la tesitura que los ocupe.

Es verdad que aquel casulario alberga pájaros tan sospechosos como el taimado Luismari Díez Picazo, tiznado por el conflicto hipotecario, o el ceñudo José Luis Requero, pringado por su vecindad con la fundación del dictador. Si Luismari la montó parda en noviembre, con el tole-tole de los actos jurídicos de las hipotecas, el abrupto Requero compite ahora con él, junto a cuatro magistrados más de la sección cuarta de lo Contencioso, declarando al dictador Franco como jefe del Estado «desde el 1 de octubre de 1936 hasta su fallecimiento el 20 de noviembre de 1975».

Qué bien les vendría a Requero y compinches darse un garbeo por la finca charra de San Fernando, en el despoblado Campo del Hospicio de Matilla de los Caños del Río, para ver con sus ojos en qué quedó aquel andamiaje de barracones con capilla donde el avispado Nicolás Franco enredó a la cúpula militar para trucar luego, en el camino del boletín oficial, la designación de su hermano como «jefe del gobierno del Estado, mientras dure la guerra,» en «jefe del gobierno que asumirá todos los poderes del Estado».

Aquella proclama de barracón ilustrada de alcoholes la recuperaron ochenta y tres años después los supremos magistrados contenciosos para meterse en jardines que desconocen y desbarrar como becerros de dehesa charra. ¿Qué ha ocurrido para que unos funcionarios del nivel más alto de la Justicia, y obligados por ello a todas las cautelas, se columpien cual jovenzuelos insensatos, colgándose de garfios cuyo balanceo los vapulea?

Quizá fueron los únicos españoles ajenos a lo que ese mismo día se sustanciaba en su casa, con el severo informe de la fiscalía en el juicio a los miembros del procés catalán. La extravagancia de escuchar al fiscal Zaragoza hablar de rebelión para un golpe de Estado en Cataluña, y justo al lado recibir la proclamación del golpista Franco como Jefe del Estado desde el 1 de octubre de 1936 supone una provocación excesiva, cuyos extremos chocan hasta anular sus efectos respectivos. El desbarre no tiene disculpa ni justificación y contribuye, lo pretendieran así sus pregoneros o no, a desacreditar al supremo tribunal de España, cuyos contribuyentes no nos merecemos jueces de semejante jaez.

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Mientras estos litigios suceden en Madrid, desde allí nos envían tutores partidarios para los acuerdos de gobernación municipales y autonómicos, donde debieran primar asuntos más cercanos. Ayer mismo tuvo lugar la primera reunión de cortejo entre populares y ciudadanos, de la que salieron con mejor impresión los populares, que esta vez van de pedigüeños y contaron con el respaldo directo de su secretario general Teodoro García Egea. Todo un detalle, si su propia Comunidad no estuviera pendiente del mismo proceso de negociación. Y ya se sabe en qué cestillo se ponen las contrapartidas. Por lo demás y frente a la urgencia codiciosa de los mensajeros partidarios, Francisco Igea inicia ahora un proceso que previsiblemente no se resolverá hasta la misma víspera de la constitución de los ayuntamientos (el 15 de junio) y de las Cortes (21 de junio). Al tiempo.