Sangría selectiva
C uatro universidades públicas y otras tantas privadas, tirando del presupuesto autonómico, no habían reparado hasta ahora en los datos ocultos de la sangría poblacional que nos asuela desde hace al menos medio siglo. Un mordisco tenaz que cada vez clava más hondo su desgarro. Durante demasiado tiempo se manejó la imagen de que se trataba de una mengua rural, con el remoquete explicativo de cómo va a quedarse gente joven a enmohecer en los pueblos. Pero los datos palpitantes que detectan los estudiosos del problema revelan que esa despoblación se ha trasladado ya de la ruralidad a las capitales provinciales.
Resumiendo las cifras detectadas por el Centro de Estudios Demográficos de la Universidad Autónoma de Barcelona, Castilla y León se ha convertido en la Comunidad autónoma que expulsa no sólo más jóvenes nacidos aquí (el 35,5%, de entre 25 y 39 años), sino que esa sangría afecta en proporciones amenazadoras a los jóvenes con una formación más cualificada. Si la media de deserción en las regiones vaciadas se sitúa en el 16,5%, el abandono anual de 2.175 jóvenes duplica nuestras pérdidas de jóvenes cualificados, en cuya formación la Comunidad ha invertido un gasto importante. La sangría selectiva se produce, según Miguel González Leonardo (uno de los investigadores de la UAB), «por el desajuste entre el nivel educativo de la población y el mercado laboral autonómico, que requiere muy pocos empleos cualificados».
Miguel G. Leonardo es un vallisoletano residente en Barcelona y conoce bien los trazos del destierro. Para dimensionar en su justa medida la voracidad del mordisco poblacional, es preciso señalar que el 36,2% de nuestros jóvenes entre 25 y 39 años poseía un título universitario en los datos censales de 2011. La enseñanza superior tiene financiación autonómica y el hecho de estar perdiendo ese rango de titulados repercute directamente en nuestro empobrecimiento. Estos jóvenes marchan a enriquecer otros lugares, dejando en casa el gasto de su formación y el vacío de su ocupación.
Mientras la estampa de nuestra Comunidad vaciada se va dibujando a escobazos, los patrocinios institucionales a cursos de verano derivan hacia asuntos perfectamente diferibles, cuando no directamente prescindibles, por los que desfilan hasta el hartazgo nuestros políticos. Pero es lo que hay en la órbita universitaria tanto pública como privada, quizá pendiente de la anunciada colecta de trabajos que aborden el diagnóstico y propongan soluciones para nuestro primer problema urgente y creciente, que es la sangría poblacional. De momento, nuestros autonómicos ni barren ni resuelven: enciscan el patio de todos, convirtiendo en senador al vitoriano Javier Maroto, a quien sus paisanos que bien lo conocen apearon del parlamento en abril. Por eso aprovecha nuestra puerta de servicio para llegar al Senado. Y lo peor fue, después de perpetrar la ignominia institucional, que el tipo todavía galleaba, jugando a repartir crisoles políticos. El martes de santa Brígida se celebró el pleno de auxilios mutuos para elegir 3 senadores por la Comunidad. Lo estrafalario de la convocatoria estuvo en que el candidato popular fuera el político babazorro, hasta ayer mismo propulsor del traslado inconstitucional de Treviño a su Álava, defensor de las vacaciones fiscales para los empresarios vascos y acendrado partidario de la antigualla conocida como Cupo Vasco. Todos pecados mortales para la banda de Ciudadanos, hasta que los de Igea tuvieron que tragar con el ariete del primacismo fiscal vasco en segunda votación. Para su rescate ignominioso, tuvo que empadronarse un fin de semana en Sotosalbos, como doméstico del secretario general popular Francisco Vázquez. La gotera institucional provocada en Castilla y León tardará en sellarse.