Diario de León
Laura Gutiérrez, directora de la galería Cubo Azul.

Laura Gutiérrez, directora de la galería Cubo Azul.

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Opinión | miguel ángel nepomuceno

Hay que felicitar a la dirección del Auditorio por tener la valentía y la sensibilidad de programar un Wagner del calado de El holandés errante, que sin ser el más acabado del autor, sí requiere todos los requisitos de «ópera total» exigidos por Wagner. Y sobre todo porque ha marcado un hito histórico, que los wagnerianos agradecemos, ya que es la primera vez en la historia que una ópera del compositor de Leipzig sube a un escenario leonés.

Dicho esto con ánimo de que en temporadas sucesivas se programen más obras del autor de Tristán , debemos apresurarnos a destacar lo mucho y bueno que tuvo la producción, teniendo en cuenta de que se trata de compañías de segunda, con cantantes y medios modestos, pero eficientes. Comenzando por la orquesta, correcta en el viento, y un tanto exigua (no llegaban a 55 profesores cuando se necesitan para esta obra más del centenar, imposible por otro lado de meter en foso; ni unos coros que en el Holandés son la esencia de la obra (unos 42 entre voces femeninas y masculinas), pero que requerían entre 90 y 100 componentes con el fin de darle la sonoridad y empaque que Wagner escribió, estuvieron sin embargo afinados -”pequeñas pifias en alguna entrada-”, pero empastados atentos, ciñéndose perfectamente a los escasos movimientos escénicos, en general demasiado hieráticos, al tratar el director de escena de hacer una producción moderna y sobria, lo que restó calor a los dúos y otorgó frialdad excesiva en los cantantes que parecían piezas de ajedrez sobre un tablero sin vida. Los decorados demasiado simplistas con una machacona proyección de olas que podría haberse sustituido muy bien por la imagen de un barco de vela tenebroso en lugar del careto insistente del holandés. Las voces en general espléndidas, con un holandés a lo Darth Vader, de profunda voz de barítono-bajo, excelentemente impostada con la vocalidad necesaria para proyectarse sin dificultad hasta el último rincón del auditorio, fue un «errante» correcto desde el punto de vista canoro pero, como ya apuntamos, frío y poco expresivo. Daland, también barítono aunque debería ser bajo, sin grandes alardes vocales pero con fiato, timbre y dicción correctos. Senta, resultó una soprano un tanto gritona en algunos pasajes, aunque su voz mantuvo esa tersura y calidez que requiere el papel, igualmente lejana y extemporánea. Erik, su novio, fue tal vez en conjunto el rol más equilibrado de la noche.

Y por último levantar una enérgica protesta por la amputación salvaje, fraudulenta y carente de la menor ética de casi 25 minutos de la obra. Su duración oficial es de 150 minutos aproximadamente; en León, con los 20 minutos de descanso, quedó en esas dos horas y 30 minutos, lo que no es de recibo, ya que se paga y mucho por ver y oír la obra en su integridad.

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