Diario de León

Entrevista | Francisco Flecha | Profesor de la Universidad y escritor

«Hay mucha eternidad encerrada en Puente Castro o en el Crucero»

El profesor de la Facultad de Educación Francisco Flecha.

El profesor de la Facultad de Educación Francisco Flecha.

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Cristina Fanjul | León
León

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Pedro Trapiello, Alfonso García, Maurilio Pérez y Victoria Seco presentan el segundo libro de Francisco Flecha, un bazar literario en el que Tarzán se encuentra con Pereira o Groucho Marx.

-¿El tiempo incontable de la eternidad es más eterno en Macondo que en León?

-Lo de Macondo viene a que hay mucha gente incapaz de ver la belleza, el encanto, la magia o la sorpresa que se esconde en las cosas cotidianas. Creen que todas estas cosas van unidas a un lugar lejano y mágico, pongamos Macondo. Y la verdad es que la sorpresa está en los ojos y en la cabeza del que mira. León es un territorio tan propicio y dado al realismo mágico como Macondo. Por eso me ha dado por escribir cuentos de misterios, patrañas y ternuras encerrados en este territorio mágico, en este «reino menguante» acurrucado entre aquello que queda de dos ríos. Hay mucha eternidad encerrada por el barrio San Esteban, Puente Castro o el Crucero. Sólo es necesario mirar con ojos de niño o de extranjero.

-¿Y quiénes son los Buendía leoneses? ¿qué banderas agitan ahora qué caudillos?

-Los habitantes de este nuestro Macondo, que arrastran, también ellos, mil años de soledad, son gente que nunca ha salido en los periódicos, que ni siquiera desayunan con el alcalde, curas y monjas, sargentos del Ferral, mujeres de la vida del Barranco (de la vida de otros, me refiero, que la propia es sólo el empeño de ir tirando), viejos maestros. Y lo de los caudillos que agitan la bandera viene a cuento de que una cosa bien distinta es estar ligado por el cordón umbilical a esta tierra, que cada uno es un poco la tierra en la que vive, y otra, bien distinta, es convertir todo esto en una bandera atrincherada para medrar, más que nada.

-¿Concibió el libro como un todo o son cuentos y microrrelatos que fueron surgiendo de manera autónoma?

-A mí, como a todo cuentista, lo que me gusta es contar historias, por eso estos cuentos han sido escritos para esos filandones que venimos haciendo en la Facultad de Educación desde hace casi veinte años, el día del patrono. Y después, ya cogido el gusto, los he ido poniendo en esa cosa tan moderna que es un blog ( Crónicas del reino menguante ), que ahora mismo es la manera más próxima a contar. Ya ves, así son los filandones posmodernos. Lo cierto es que el libro recoge 113 cuentos escritos en los últimos tres años. Pedro Trapiello me contó, en una ocasión, que en Alemania dan un premio sustancioso con una única condición al que lo gane: que jure, por la gloria de su madre, que jamás volverá a escribir ni una sola línea más. A este premio voy a presentarme.

-En uno de los cuentos habla de que las palabras encierran historias. Creo que todos tenemos palabras fetiche, palabras a las que damos un sentido mágico. ¿Cuáles son las suyas?

-Podría decirle algunas que sonaran a poesía y esas cosas. Sería falso. Son palabras mágicas esas que de alguna manera te conmueven. Pero en el cuento, como ha visto, esas palabras mágicas las dice un contador de historias en, pongamos, la plaza de Marrakesh. Dice Babucha y aparece Tartarín a la caza del último leon del Atlas. Pero también dice el cuento que intenta copiarlo un lingüista de la Universidad de Navarra y dice adoquín, berberecho, encofrador, retrovisor, pantalones... y no sale nada. Hay que mantenerse siendo niño para conseguir hacer un mundo con una palabra. Hice este cuento por dos razones: en primer lugar, porque, en tiempos, defendía que un cuento es lo que queda de una historia cuando le has quitado todas las palabras que le sobran. Y, aún así, sigue emocionando. Soñaba entonces con encontrar un cuento de una sola palabra. Pero eso es privilegio de los dioses. En segundo lugar, porque defendía que para ser buen cuentista ha de pasarse antes por la poesía. En el cuento las palabras tienen que sonar redondas como cantos. Y esto sólo se consigue en la poesía.

-En el libro, las mujeres son o putas o sabias. ¿No tiene miedo a las feministas?

-Creo que no es así del todo. En el libro hay personajes (no hablo de hombre o mujeres) que son putas, otras son tiernas enamoradas, otras sufridas amas de casa, otras explotadas, otras sabias, otras simplemente atropelladas por la vida, como hay personajes con apariencia masculina tramposos, perdedores, simplones, rencorosos, trepadores, ignorantes. Es cierto que hay un cierto regusto por personajes que viven a la intemperie, sufriendo el fracaso y el abandono. Pero, vamos, como en la vida. Hay más perdedores, más sufrimiento y fracaso que estrellas rutilantes. Además, esas ya salen por la tele. Y miedo a las feministas ¿por qué había de tenerlo? ¿He hecho algo malo? ¿He inventado yo la miseria, el abandono o la marginación o solamente le doy cara?

-¿Es el libro un homenaje a Pereira?

-Pereira, el maestro don Antonio, es para mí mucho más que objeto de homenaje. Todo lo que sé de esta cosa de los cuentos lo he aprendido en Pereira. Y espero que se note. Cuando, hace ya casi un año, don Antonio salió a hacer un recado, escribí unos versos que terminaban diciendo (y en ello me mantengo): «Que lo sepas, Don Antonio/ amigo, maestro y compañero/ que quedamos guardando tu memoria.../ por si vuelves».

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