Calecho de primavera con Pereira
Decenas de amigos y lectores del escritor villafranquino abarrotaron ayer la Casa de León en Madrid para rendir un homenaje al autor de «Los cuentos de la Cábila»

Luis Mateo Díez y Cándido Alonso hablaron en Madrid del poeta villafranquino.
El aperitivo era el plato fuerte y consistía en ver una proyección del Instituto de Estudios Bercianos en la que Antonio Pereira hablaba de su vida. Resultaba conmovedor, comprobar que el público que abarrotaba el salón de actos de la Casa de León en Madrid empatizaba con lo que se veía en la pantalla. Pereira en estado puro.
Y la gente asentía, sonreía y hasta se caracajeaba con las palabras cómplices del escritor berciano. Pura vida volver a oírle.
Ayer en Madrid, por el centro leonés de la calle Pez desfilaron amigos, fans, compañeros, ilustres, colegas y todo lo que se diga que signifique admiración. Se trataba de hablar de Antonio Pereira.
Y si su literatura es de gran potencia, el alcance de su bonhomía quedó patente hasta el punto de que los intervinientes, casi todos, le recordaron contando lo que él les había contado.
Estaba Úrsula Rodríguez, la mujer de Antonio Pereira, a la que Cándido Alonso, impulsor del acto, advirtió que el homenaje era para ella tanto como para su marido.
Félix Pacho Reyero destacó el escritor de largo recorrido que podía ser un cronista de primera. Otro leonés, Fernando Suárez presumió de su amistad y hasta de salir en alguno de los cuentos de Pereira. Cristina Cerezales, hija de Carmen Laforet, también asistió y le recordó con afecto.
Los tres mosqueteros. Luis Mateo Díez, José María Merino y Juan Pedro Aparicio, como tres mosqueteros del filandón, recordaron a su maestro.
Mateo explicó que, detrás de esa naturalidad innata para contar, había un autor de laboratorio. Y narró que un día al hilo de ese trabajo de depuración en País de los Losadas , le dijo: «Yo creo que la he depurado mucho. Pero, Luisito, ¿ahora no crees que no se entiende?». Es decir, había un autor comprometido con su obra pero que nunca hizo sombra a su personalidad.
Y Merino contó que cuando un día en un restaurante unas chicas le vieron y le dijeron: «Pereira, maestro, ¿Puedo darle un beso?», el autor villafranquino se inmutó, sí, para decir: «¿Piquito o comisura?». Y delante, presidiendo, el retrato de Carralero.