Entrevista | Pancho Purroy | catedrático de biología
«Mi primera intención fue hacer un libro sobre el celo de los zoólogos»
Localizó al esquivo leopardo marroquí cuando ya le habían declarado oficialmente extinto; persiguió al oso «Salsero» para colocarle un transmisor y estudiar sus hábitos; se opuso, con razones

El catedrático navarro, en una imagen actual.
«Las luchas son la sal de la vida». Pancho Purroy, sangre de la ribera navarra —de las foces del Lumbier buitrero— y de la montaña atlántica —caserío de Lazarobaita en Vera de Bidasoa— lleva tres décadas en otro Viejo Reyno, el de León, al lado del oso, el lobo, el jabalí y el alumno de Biología. Pero también convivió con especies foráneas como el leopardo norteafricano, el tapir amazónico y un raro espécimen de californiano llamado Tony Clevenger. El leopardo del Atlas. `Salsero´ y otras andanzas (editorial Edilesa) es el libro en el que el catedrático y columnista del Diario de León narra (con humor) todas sus correrías.
-Aparte de los típicos apuntes naturalistas, ¿iba anotando todo lo que le sucedía con idea de hacer este libro?
-Hombre, los libros que he hecho hasta ahora son de naturaleza y fauna, guías de mamíferos, El desfiladero del Cares, etc. Pero pasa una cosa muy curiosa: de los ganadores del premio de novela erótica La sonrisa vertical, cuatro fueron biólogos: dos hombres y dos mujeres. Y lo que yo quería hacer era un libro comparando el celo del oso, que es muy brutal, con el macho cubriendo grandes distancias para dar con una hembra que sólo tiene siete días receptivos, comparándolo con el de los investigadores que lo estudian.
-Parecen dos especies similares, sin duda.
-Claro, porque ambos pueden ponerse en posición bípeda, si la ocasión lo requiere. Aunque el oso, en el aspecto sexual, se guía por el olfato, y el hombre, por la vista.
-¿Y cómo fue que no llegó a materializarse?
-Mmm... no sé, porque escribir esto tiene sus riesgos personales, que te tachen de rijoso, salido o bribón... Así que me decidí por contar mis experiencias zoológicas y los momentos divertidos que las acompañaron.
-¿Cuáles son esas experiencias, y dónde tuvieron lugar?
-Bueno, el libro está dividido en tres bloques: mi paso por la Universidad Complutense de Madrid, con el profesor Bernis y las escapadas que protagonizábamos, a observar aves, a La Mancha, Doñana y Extremadura. Después, mi llegada a León, donde con un grupo de estudiantes me embarqué en proyectos relacionados con las avutardas, ciervos, jabalíes... y en ese capítulo hablo de Tony Clevenger, el norteamericano que vino a España con la intención de capturar un oso pardo. El tercer bloque se refiere a mis correrías por la Amazonía y la cordillera del Atlas africano.
-¿Qué pretendía aquel curioso californiano?
-Su intención era averiguar cómo era posible que una especie como el oso pardo había podido sobrevivir en un ambiente tan humanizado como la cornisa cantábrica española, en convivencia con núcleos habitados, pastores, rebaños... sobre todo en comparación con el oso de su país, que es muy salvaje y supone una amenaza para los excursionistas... Al principio, todo el mundo se rió de él, pero después conseguimos localizar en Riaño al oso Salsero y aprender mucho de sus hábitos.
-¿Y cuál es la respuesta a esa pregunta inicial?
-Pues que los animales salvajes «co-evolucionan» con el hombre cuando viven cercanos a su radio de acción. En España el oso ha convivido desde el Neolítico con un hombre que no ha cesado de perseguirlo, y por eso se hizo tímido y huidizo. En Estados Unidos sólo lleva dos siglos conviviendo con el hombre blanco y el oso no se ha «humanizado». De hecho, aquí se ha humanizado más porque se le ha dejado de cazar y ahora se le ve bajando a los pueblos para comer pienso de perros.
-En León tomó parte en muchas guerras...
-Y casi sólo gané la del pantano de Omaña, un proyecto que no tenía sentido ninguno. Hicieron una encuesta para ver si se quería... pero no preguntaron en ninguno de los pueblos afectados. Y, por otra parte, cuando dije que uno de los principales problemas del embalse de Riaño iba a ser la muerte masiva de truchas por la saprolegnia y que «el que León se quede sin truchas es como si Jaén se quedara sin olivos», el director de Icona de aquel entonces amenazó con llevarme a los tribunales. Luego, cuando los pescadores le dejaron kilos y kilos de truchas muertas a la puerta de la delegación, se excusó diciendo que aquello había sido «un calentón». Luego se vio cómo el gran beneficiado por la construcción de Riaño fue Iberdrola. Es como la Sama-Velilla, que responde a puros intereses empresariales, pues ya se ha demostrado que es innecesaria.
-En ese aspecto combativo, ¿cómo ve esta tierra?
-Lo bueno de haber tomado parte activa en la defensa de la naturaleza es que he tenido la oportunidad de conocer a gente peleona que, por cierto, en León no abunda mucho. Supongo que es porque, al no haber aquí apenas tejido industrial, no se han producido luchas sindicales y la contestación siempre ha sido exigua. También percibo, hoy en día, bastante pesimismo.