opinión | el invento del maligno
Pijas
Dos estrenos casi simultáneos en nuestra pantalla: en La Sexta, Mujeres ricas ; en Cuatro, Casadas con Hollywood . El tema, el mismo: señoras de abundante patrimonio y vida glamorosa y superferolítica nos enseñan sus gracias a nosotros, los simples mortales, para que desde nuestra pequeñez admiremos lo bien que se lo han montado. Es interesante que ambos programas, espectáculos de exhibición de riqueza, vengan de la mano de cadenas gubernamentales y en una época de recia crisis económica. Quien no vea la relación es que no quiere verla. Esto, en realidad, no es nuevo. Al revés, es viejo como la vida misma. Los varones sin mujer sueñan con poseer hembras de leyenda. Las mujeres sin amor sueñan con su príncipe azul. El aldeano sueña con gozar del fragor cosmopolita de una gran ciudad y el individuo urbano sueña con la paz quieta y sencilla de la aldea. Soñamos lo que no tenemos porque añoramos lo que nos falta. El corazón humano está hecho así. El ensueño es también un bálsamo: mirar lo que deseamos, aunque nos resulte inalcanzable, es una forma de olvidar las miserias. Esa era la función tradicional de las viejas revistas del corazón: en ningún lugar se ha hablado tanto de los palacios más suntuosos y de las joyas más caras como en las peluquerías más menesterosas. Pues bien: lo mismo vale para estos nuevos programas de señoras «ricas y famosas» que invaden nuestra televisión en el preciso instante en que todos -"todos-" hemos de empezar a recortar gastos superfluos. Que el poder avale la operación no tiene nada de extraño. Gracias al escaparate huimos de la realidad, al menos un ratito. ¿Es una forma de alienación? Sí, sin duda. Y eso, ¿es bueno o es malo? Según: si la pantalla se entrega a enseñarnos, además, nuestra realidad cotidiana, los daños serán limitados.
Por ejemplo, Cuatro puede dedicar Callejeros a investigar cómo se las arreglan las familias frente la crisis galopante, y la Sexta puede utilizar Quién vive ahí para aconsejarnos cómo sacar el máximo partido de unas viviendas precarias. Seguro que lo harán: son profesionales, ¿no?