EL INVENTO DEL MALIGNO
Ricos y pobres
El invento del maligno josé javier esparza
Cuatro estrenó el fin de semana su programa de mujeres ricas: Casadas con Hollywood. Está bien hecho: mantiene el interés y transmite con eficacia una sensación de disparatada abundancia. Pero, al margen de sus virtudes técnicas, algo que ha llamado mucho la atención de los espectadores -"por lo menos, de los espectadores con los que he hablado-" es el turbio retrato psicológico de las protagonistas y sus familias: mujeres de materialismo extremo y sentimientos superficiales, niños malcriados hasta la desesperación, vacío abismal bañado en oro Qué mal, ¿no? ¿Y para esto sirve ser rico?, se pregunta la gente. Pero es que precisamente de esto se trata: mucha limusina y mucho glamour, pero aquí hay más hiel que miel. Al final, la operación mental que se pretende provocar en el espectador es más o menos esta: uno, hay qué ver estos ricos cómo son de mala gente; dos, si yo fuera rico no sería tan mala persona; tres, la verdad es que, para eso, más vale no tener tanto; cuatro, menos mal que soy pobre. Y así uno se va a la cama con aquella resignación satisfecha, aunque un poco rencorosa, de quien ha visto sufrir al objeto de sus envidias.
Lenitivo psicológico para aliviar las penas en tiempos de crisis y ajustes. A propósito de ricos y pobres, y sin salir de las paredes de Cuatro, el lunes se supo que el Ministerio de Industria iba a tomar medidas contra la cadena por el desdichado numerito de Manolo Lama con el mendigo de Hamburgo. La Ley General Audiovisual prohíbe en su artículo 57.1 «la emisión de contenidos que de forma manifiesta fomenten el desprecio o la discriminación por cualquier circunstancia personal o social». Y por mucha vaselina que Cuatro intente aplicar, el hecho es que al mendigo se le despreció. Si el expediente de Industria prospera, Cuatro se enfrentará a una sanción de hasta un millón de euros. No creo que el asunto llegue a mayores, porque aquí todo el mundo sabe en qué riñones no debe golpear, pero el lance merece mención. Ahora, reconocerá usted que, entre el mendigo de Hamburgo y las ricachonas de Hollywood, no hay color.