Diario de León

Reportaje | e. gancedo

...nombres de esperanza o recuerdo

Motivos de salud impidieron al genio de Azinhaga participar, hace dos años, en el Congreso Nacional de Escritores celebrado en León, pero sí envió un texto en el que reflexionaba sobre el acto de escribir

Recibiendo el Nobel de manos del rey Carlos Gustavo.

Recibiendo el Nobel de manos del rey Carlos Gustavo.

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«...siguen, y no lo saben, el antiguo Camino de Santiago, pasan por tierras que tienen nombres de esperanza o recuerdo malo, según los episodios que en ellas vivieron los viajeros de aquel primitivo tiempo, Sarriá, Samos, o la privilegiada Villafranca del Bierzo, donde el peregrino enfermo o cansado que llamara a la puerta de la iglesia del apóstol quedaba dispensado de llegar a Compostela, ganando las mismas indulgencias que si hubiera ido».

Son líneas de La balsa de piedra , novela mágica y andariega que se apoya en un supuesto tan imaginativo, sugerente y a veces hasta deseable, como éste: la Península Ibérica se fractura por los Pirineos y comienza a navegar a la deriva, con todos sus habitantes encima a modo de atribulados pasajeros, rumbo al hermanamiento, definitivo e históricamente justo, con sus iguales de Iberoamérica. La obra, una de las que mejor reflejan la querencia ibérica del autor -”quien se manifestó abiertamente a favor de la unión de España y Portugal, provocando un intenso debate, sobre todo en su país natal-”, describe el viaje que sus protagonistas efectúan por la vetusta piel de toro, sin olvidarse de León, como refleja el párrafo citado, o líneas como las siguientes: «Dejamos el páramo leonés, vamos ahora por Tierra de Campos, donde nació y floreció aquel famoso predicador, fray Gerundio de Campazas...»

El insigne escritor ayer fallecido a punto estuvo de participar en la octava Asamblea de Escritores de España que, juntamente con el Congreso de Literatura Actual Leonesa que organiza el Diario, se celebró hace dos años en el Parador de San Marcos. Motivos de salud que por entonces ya impedían su movilidad le impidieron viajar a León, donde estaba prevista su presencia para clausurar el congreso, aunque se empeñó en enviar un texto para que se leyera de forma íntegra. En él, y bajo el título de Pensamiento y literatura , el portugués reflexionaba sobre lo que, en el fondo, supone el acto de escribir: «Escribir es traducir, aunque estemos utilizando nuestra propia lengua. Transportamos lo que vemos y lo que sentimos a un código convencional de signos, la escritura, y dejamos a las circunstancias la responsabilidad de hacer llegar a la inteligencia del lector, no la integridad de la experiencia que nos propusimos transmitir (es inevitable parcelar la realidad de la que nos habíamos alimentado), sino más o menos una sombra de lo que en el fondo de nuestro espíritu sabemos que es intraducible, por ejemplo la emoción pura de un encuentro, el relumbrar de un descubrimiento, ese instante fugaz de silencio anterior a la palabra que se va a fijar en la memoria como el resto de un sueño que el tiempo no apagará por completo».

«El trabajo de quien lee y también traduce consistirá en pasar a otro idioma (en principio, el suyo propio) aquello que en la obra y en el idioma original ya había sido -˜traducido-™, esto es, una determinada percepción de una realidad social, histórica, ideológica y cultural que no es la del traductor; sustanciada, esa percepción, en un entramado lingüístico y semántico que no es el suyo. El diálogo entre el autor y el traductor, en la relación entre el texto que es y el texto que va a ser, no es apenas un diálogo entre dos personalidades particulares que han de completarse, es sobre todo un encuentro entre dos culturas colectivas que deben reconocerse». Una carta en cuyo encabezamiento ya avisaba de que el reloj de su vida había estado «a punto de pararse».

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