Opinión
Todos seremos Fernando Dávalos
Y, si no llegamos a serlo, si no llegamos a ser Fernando Dávalos, estaremos acogiendo en nuestro corazón, con estúpida inconsciencia, a la nostalgia. Y es la nostalgia el traicionero sentimiento que hunde a los hombres en la desolación. Otra cosa es la melancolía, pero ésta es vivencia que sólo germina en la serenidad de los recuerdos, concediendo una cierta esperanza a lo que falta por vivir. Porque el tempos fugit no tiene piedad con los humanos. Y no la hubiera tenido con Fernando Dávalos, el protagonista de Los trenes no dejan huella. Pocas obras de Victoriano Crémer tienen significado más hondo que la protagonizada por Fernando Dávalos. El narrador, pasado el tiempo, vuelve a Maqueda, buscando un pasado en el que florecieron los amargos aromas del amor. O, cuando menos, el aroma de ciertos amores, villanos e ilegítimos ante los ojos bienpensantes de Maqueda. Descubre, a su llegada, las costras que han ido conformando la ciudad, ahíta de pesimismo y de desesperanza. El tiempo no perdona: «Las Ciudades (...) se acaban con el tiempo, con el paso de los hombres, con la agresión de los vientos garduños». Y la Maqueda que Fernando Dávalos encuentra en su retorno ha sido asolada por esos elementos. Pero el tiempo tampoco ha perdonado al amor. Desgraciadamente, en él sólo tiene cabida la nostalgia, terreno en el que es difícil descubrir una brizna de esperanza. Por ello, a Fernando Dávalos (redescubierta con dolor la ciudad de los recuerdos y los tristes rescoldos del amor soñado) no le queda más alternativa que la huida: «El tren, envuelto en su propio frenesí, se perdió en la lejanía, sin dejar huella. Porque ni los hombres del miedo ni los trenes dejan huella». En el comienzo de estos días veraniegos uno siente el acre zarpazo del escepticismo. Si Victoriano Crémer retornara a Maqueda... ¿sentiría una brizna de esperanza? ¿O haría suyas las palabras finales de su heterónimo Fernando Dávalos: «¡Qué extravagancia la de la mente humana! Yo aquí estoy, sepultado, hundido, desesperadamente perdido en mí mismo y recitando versos de Leopardi: Al sempiterno olvido los que mueren».