«¡Vive Dios, que me espanta esta grandeza!»
Crítica | miguel ángel nepomuceno
Y más me iba sorprendiendo a medida que trascurría el acto de exaltación a nuestros valores históricos, culturales y humanos en el que era el concierto de clausura del 23º Festival de Música Española, una excelente edición pese a las dificultades económicas por las que ha tenido que pasar. Como guinda, el estreno de la Cantata para la fundación de un Reino , encargo del festival al compositor leonés afincado en Salamanca José María García Laborda, de cuya trayectoria docente, musical, compositiva y de difusión no vamos a descubrir aquí porque es de todos bien conocida.
Para conmemorar tal efeméride nada mejor que nuestra orquesta comunitaria con su director invitado, Alejandro Posada, titular hasta hace unos meses de ella y un profesional que siempre consigue impecables ejecuciones a base de entusiasmo, trabajo y rigor. Y esta vez no fue menos, aunque se advirtió que los ensayos con las voces blancas no fueron precisamente sobrados. Pese a ello, resultó digna de admirar la estupenda labor de los directores de coros de Segovia y León, que consiguieron mantener el equilibrio y la tensión a lo largo de toda la obra; eso sí, siempre que las dinámicas de la orquesta se lo permitieron y no quedaron bajo el peso del metal. Ellos fueron los auténticos héroes de la noche porque lo que es el recitador-¦ ni se creía lo que estaba mal leyendo.
La obra de nuestro paisano Laborda, bien orquestada y estructurada, le sobraba sin embargo texto ditirámbico y le faltaba una música algo más solemne, densa, de mayor calado sinfónico, y con una extensión más generosa, pero tal vez eso no entraba en la idea del autor y prefirió hacerla más liviana a cambio de mantener la atención del oyente.
Laborda tiene obras de un gran calidad a las que siempre ha unido unas excelentes orquestaciones y juegos de planos sonoros mucho más contrastados. Las voces apoyaron con eficacia los textos pero, repito, se hubiera deseado menos cantos épicos que producían a veces vergüenza ajena de tanto mirarnos el ombligo, porque, de ser tan admirable y grandioso como declamaba el narrador: «He aquí el Reino -"dijo-", que llenó sus tierras de sabios, artistas y artesanos (-¦), que vives en el corazón de todo el orbe hispano y del universo (?)», según textos sacados de libros de historia leonesa, entonces, como diría nuestro Cervantes: «¡Vive Dios que me espanta esta grandeza y que diera un doblón por describilla!», ya que algo hemos tenido que hacer muy mal porque los sabios brillan por su ausencia, los artistas huyen de nuestra tierra como alma que lleva el diablo y los artesanos malviven en nuestras calles.
Y, por supuesto, eso de que «vives en el corazón del orbe hispano y del universo-¦» casi nos hace reír hasta llorar, cuando desde nuestras propias instituciones nos borran de los mapas, anulan nuestra historia y nos cargan con todas las mentiras que un pueblo puede soportar. ¿Es este el viejo Reino sin el cual no hubiera España?