Diario de León

Crítica de música | miguel ángel nepomuceno

No digas que fue un sueño

El Auditorio registró un excepcional comienzo del festival Reino de León, al que acudió desde Nueva York un maestro de prestigio mundial como Max Bragado

En el concierto del sábado brillaron tanto los virtuosos leoneses como los nacionales y foráneos.

En el concierto del sábado brillaron tanto los virtuosos leoneses como los nacionales y foráneos.

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No sucede todos los días el que se concite en un Auditorio tanta cantidad de talentos por metro cuadrado como la que tuvo lugar este sábado durante la celebración del primero de los tres conciertos organizados por la Fundación Eutherpe para celebrar el festival internacional Reino de León, una brillante idea que la Junta tuvo el acierto de conceder a la persona que más lleva haciendo por la música en León desde hace tres décadas, Margarita Morais.

Naturalmente, ninguno de los representantes de las instituciones que precisamente dan los dineros o ceden la sede para que se lleve a cabo su idea aparecieron por el Auditorio para valorar y ver si su inversión estaba siendo bien empleada. Lástima, porque aunque la música no sea su fuerte, ni el arte de la corchea su debilidad, lo que sucedió el sábado en la sala sinfónica de nuestro nunca bien ponderado Auditorio quedará escrito en los anales de la vida musical leonesa para alborozo de muchos y sonrojo de unos pocos.

Jóvenes pianistas, auténticos maestros llegados de los puntos más dispares del globo, junto a grupos de cámara autóctonos cuyo nivel de calidad poco o nada tiene que envidiar a otros de mayor fuste, convirtieron la noche futbolera en una suerte de ceremonia musical en la que los oficiantes se imbricaron con los oyentes hasta el punto de que un leve roce de pedal resultaba molesto al espectador y el descuido de un móvil, un anatema carcelario.

Así, Suzuki y Gifford no dieron concesión al respetable y lo dejaron clavado en sus asientos para que Guillaume Vincent luciera su impecable técnica con un Liszt y un Rachmaninov apabullantes. Josu de Solaun, una vez más, llegó, tocó y convenció. Su Chopin tuvo el sabor de la papaya, dulce e intenso, profundo y lacerante, con un fraseo de otra galaxia que supo mantener la tensión con el Quinteto Eutherpe, soberbio y empastado, proclive a ese tremendo gusto para el cantábile.

Magnífica Petrova . ¿Y Ana Petrova, con ese Rachmaninov de reclinatorio? Todo terciopelo, con un pedal parco, medido, una pulsación tan elegante como efectiva y esos ataques en diminuendo que cortaban en aliento. Su Chopin siempre fue la marca de la casa y una vez más lo transfiguró con esa Polonesa-fantasía, que, tal vez, se podrá tocar mejor pero difícilmente con ese derroche de color, de expresividad y de recursos tímbricos. Para concluir, otra maravilla a dos pianos con François Heisser y Guillaeme Vincent arropados por la orquesta de cuerdas en un Bach hermoso, sin engolamientos, perfectamente conjuntado y medido para no convertirlo en un quejumbroso lamento. Fue brillante, directo y nada trascendental.

Y entre el público distinguido, un maestro de maestros como es Max Bragado, que voló desde Nueva York con su esposa Mary para estar presente en este festival «que no se puede creer», según manifestó.

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