¿Franquicia o sucursal de Madrid?
Opinión | m. á. nepomuceno
Es admirable la habilidad que poseen algunos políticos y gestores para convertir las falacias en medias verdades y éstas a su vez en frases lapidarias que esparcen a los cuatro vientos como si fueran axiomas de fe. Así, hemos pasado en poco más de dos años de ser el Centro Nacional de las Artes Escénicas y las Músicas Históricas a ser una franquicia del Auditorio Nacional por obra y gracia de unos ministros que nos han ido vendiendo el oso antes de cazarlo.
Primero que si un centro de estudio para España y América de las músicas de los períodos coloniales, después en el sueño de Geroncio del que saldrían producciones propias a las que se sumaría una orquesta, coro y maestros estables y cuyas producciones se exportaría fuera de nuestras fronteras. Daría cabida a más de 150 puestos de trabajo y tendría como sede el Teatro Emperador. Los ministros se sucedieron y tanto Molina como ahora González-Sinde continuaron creando expectativas que se convertían en humo en cada nueva rueda de prensa, al tiempo que aseguraban que la inminente puesta en marcha de las obras y programaciones estables era cosa de días.
Entre esta sarta de aleluyas llegó un encuentro multisectorial para aportar ideas, aunque se convirtió en un «mercado persa» en el que cada uno vino a sacar la mejor tajada para su ensemble. Pero el tiempo pasaba y las obras del teatro seguían como el primer día. Y como algo había que decir para tranquilizar a los incrédulos que cada día eran legión se vendió, en San Marcos, a puerta cerrada y para un limitado número de «expertos», que todo estaba ya en marcha pero que las obras del teatro tenían que retrasarse porque una catas habían mostrado restos arqueológicos de la muralla cercana al teatro. Lo mismo que ayer dijo la ministra de Vivienda cuando se le preguntó por el asunto.
Lo malo es que no sabía la buena señora, o se le olvidó, que eso ya era agua estancada y que lo que el ciudadano quería saber es qué va a pasar a partir de ahora con ese teatro que ha costado la friolera de 4,7 millones de euros. Y por si no fuera suficiente, el leonés Félix Palomero difuminó ayer el centro cual pastiche victoriano y lo convirtió, sin haberse estrenado tan siquiera, en una franquicia del Auditorio Nacional de Madrid, al que se programará desde el Centro Reina Sofía, y si queda algo que decir, a lo mejor también desde la capital del Viejo Reino. Ni una sola de las promesas se ha visto cumplidas y los leoneses queremos saber si ha merecido la pena pagar tanto dinero por un edificio que ahora se va a pudrir de aluminosis.
¿Recuerda, señor alcalde, lo que dijo cuando se presentó la programación amputada para el centro de cara al próximo curso?: «León se va a abrir y se va a enriquecer». En efecto, pero no dijo de qué se iba abrir y de qué se iba a enriquecer, ¿tal vez de promesas incumplidas?