El invento del maligno
Hispania
E l éxito del mes (pasado) ha sido Hispania , sin ninguna duda, y todo indica que sus cifras seguirán siendo excelentes en las semanas venideras. Acierto de Antena 3, que ha conseguido algo inédito desde los tiempos de Curro Jiménez , a saber: que una serie española de época (pretérita) arraigue en el público. La comparación no es improcedente, al revés: está claro que Hispania ha pretendido revivir en el público el gusto por el héroe castizo de otro tiempo, enganchándose al siempre efectivo anhelo de independencia, ya se trate del francés o del romano. Desde el punto de vista afectivo, el mensaje que se dirige al espectador es el mismo. A Hispania le hemos subrayado aquí sus cuantiosos defectos, empezando por una interpretación histórica bastante discutible y terminando por un planteamiento narrativo de una simpleza que tira de espaldas, pasando por el exceso de sangre gratuita.
A mi juicio, los dos últimos defectos son su mayor tacha (y, por cierto, Antena 3 debería tenerlos en cuenta antes de repetir episodios tan alegremente en horario protegido). Pero subrayado todo eso, hay que señalar también los aspectos positivos de la cuestión, sobre todo por las perspectivas que abre. Hace diez años, nuestro problema era que la industria audiovisual española ignoraba por completo nuestra historia. Los libros de divulgación histórica circulaban con mucho éxito -"no han dejado de hacerlo desde entonces-", pero nada de todo esto pasaba a la televisión o al cine. Uno veía las producciones televisivas de los británicos y los americanos y no podía dejar de lamentar nuestra miseria. Pero después de Hispania , creo que empezamos una etapa nueva. Nuestro problema, ahora, es distinto: el tema histórico por fin ha llegado a la pequeña pantalla, y eso es buenísimo.
Ahora el siguiente paso ha de ser otro, quizá más difícil, pero también más estimulante: que los productos de recreación histórica exhiban un buen nivel y que los narradores no sacrifiquen la pedagogía en aras del éxito.
Un impulso más y, quién sabe, a lo mejor un día llegamos a parecer ingleses.