El mundo de las letras despide a Edmundo de Ory, poeta de la insurrección

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miguel lorenci | madrid
León

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Seguirá trabando versos desde el más allá. Así lo prometió en su día Carlos Edmundo de Ory, poeta insurrecto cuya singular y libérrima voz se apagó ayer en la localidad francesa de Thezy-Glimont, donde este gaditano nacido en 1923 se inventó su segunda vida.

Amor y dolor fueron las fuerzas que ordenaron la vida y la poesía disidente de un ser inclasificable que jamás se dejó atrapar por las normas de la convención pero que sucumbió a las garras de la leucemia con 87 años. Irónico, jocoso y sarcástico, siempre vital, lúcido y risueño, De Ory, que prometió «hacer sonetos desde la tumba» murió en su casa, como quería. Se dijo siempre «hombre antes que poeta» y defendió que «no se debe llamar poeta al poeta auténtico, porque es simplemente un hombre que habla de otra manera, de un modo especial». «Vivir toda la vida con el nombre de poeta es ridículo» sostenía.

Carmen Caffarel, directora del instituto Cervantes, lo despedía ayer como «uno de los poetas malditos más relevantes del siglo XX» y «el rebelde por excelencia de la poesía española». Su legado quedará en su Cádiz natal, donde se instalará su fundación. Uno de los poetas más raros y originales de la segunda mitad del siglo XX, creador del -˜postismo-™ y padre de los aerolitos , protagonizó De Ory una aventura creativa sin par que lo mantuvo activo hasta hace nada, siempre lejos de cualquier cenáculo público.

«Me van a perdonar, pero yo no entiendo el mundo», anticipó como declaración de intenciones el siempre risueño poeta al presentar hace seis años la antología que el crítico, catedrático y poeta Jaume Pont elaboró para Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg. Bajo el título de Música de lobo , era la más extensa y completa publicada sobre su obra realizada a lo largo de casi siete décadas y sustanciada en un veintena de títulos. Una obra que, como se inició, se clausuraba con una selección de aerolitos , los certeros aforismos poéticos que el genial escritor facturaba, como: «La poesía es un vómito de piedras preciosas» o «La risa es el sexo del alma».

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