El invento del maligno
Vídeos
D igo yo que a alguien se le habrá ocurrido titular todo esto como Sexo, mentiras y cintas de vídeo, como la película de Soderbergh. Los vídeos de la campaña electoral catalana, plagados de obviedades sexuales y agresivas, se han convertido en piedra de escándalo nacional (español). Vamos a hablar en plata: la desafección de los catalanes hacia la política es tan ancha, el descrédito de su clase política es tan hondo, que la única manera de mover a la gente al voto es acariciarle la entrepierna en vez de estimular su cerebro o su corazón. Y ojo, porque es muy posible que esto que pasa hoy en Cataluña pase dentro de poco en el resto de España. Pero consideraciones políticas al margen, el suceso plantea cuestiones muy espinosas en el terreno estricto de la comunicación. Podemos resumirlas en esta pregunta: ¿Por quién nos toma esta banda de descerebrados? Todos los publicitarios con los que he hablado están que trinan con el -˜nivelazo-™ de la campaña catalana: piensan que estos anuncios son basura. ¿Por qué? Porque recurren a estimular instintos de la manera más primaria, sin sutileza alguna, y dejan de lado el mensaje racional que quieren transmitir. Si votas a Montilla tendrás orgasmos; si votas a Sánchez Camacho te sentirás una vengadora Lara Croft que mata a los malos, etc. Para los publicitarios, esto no es una campaña política, sino una orquesta de ladridos. Tal ha sido el bochorno, que los políticos aducen ahora que esto no ha sido cosa suya, sino de «las juventudes». De donde podemos deducir dos cosas: una, que nos toman por tontos, porque eso es difícil de creer; la otra, que si de verdad esto lo ha hecho «la juventud mejor preparada de todos los tiempos», entonces más vale cerrar con llave la sede de los partidos y con esa gente dentro, porque estas juveniles lumbreras serán las que nos gobiernen dentro de quince o veinte años.
Problema de fondo: si los comunicadores políticos ya no son capaces de enviar mensajes racionales, tal vez sea porque ya no hay nada racional que comunicar. Sería lo peor que podría pasarle a la democracia.