Melancólico de León
adolfo gutiérrez viejo
Me ha sorprendido dolorosamente la noticia de la muerte de nuestro maestro. Sabía de su enfermedad desde hace tiempo, pero desconocía la evolución de la misma. Nuestro largo encuentro de hace diez años, aproximadamente, se suponía que era el primero de una serie, pero mi ausencia de Madrid y sus primeros síntomas malograron este proyecto. Esta reunión fue para mí balsámica, porque había ciertos malentendidos que, debido a la distancia (Madrid-Munich), no acababan de desmontarse. Ya antes, con motivo de dirigir una zarzuela donde cantaba Lola Arenas, mi mujer, se había mostrado cordial, cercano, humilde y profundamente leonés, a pesar de su rica trayectoria cosmopolita.
Yo admiré a Odón desde mis años de estudio en Madrid, cuando se ventilaba el nombramiento del director de la Orquesta Nacional. Mi deseo más ferviente era que nuestro paisano ocupara ese puesto, porque, además, me parecía de la máxima importancia la labor musical que en aquel momento estaba llevando en Madrid. La cultura orquestal de la década de los 60 es impensable sin la batuta de Odón Alonso. No había estreno de la música española que no contara con la dirección de Odón. Esta generosidad de nuestro director supongo que será reconocida y agradecida por tantos compositores de la época.
Pero recuerdo también cómo no se conformaba con el repertorio sinfónico manido. Creo que las primeras sinfonías de Schostakowitz que se oyeron en Madrid se debieron a la iniciativa de Odón, así como también la recuperación de músicas históricas como las Visperas de Monteveredi. Era un espíritu inquieto e innovador y un importante protagonista de la cultura musical española. En León se le recuerda por aquellos conciertos que acudía a la llamada de su padre. En la entrevista a la que he aludido al principio, pude comprobar que por su padre era capaz de hacer cualquier cosa. Pero también le noté un profundo amor a León y una cierta nostalgia. A lo largo de las horas que estuvimos conversando me pareció adivinar un cierto poso de melancolía por el desapego de su tierra. Cuando más adelante he visto los homenajes que le han brindado en su otra patria, Soria, he comprendido todo. Y me vino el recuerdo de otro gran leonés y amigo íntimo, Samuel Rubio, que pasó sin el reconocimiento de su tribu, en tiempos que tanto se lleva la puesta en relieve de los valores identitarios. De todas formas, ninguno de estos amigos y paisanos trabajaron para el reconocimiento social, sino para marcar un avance en la cultura musical, tan deficiente en su época. Pero somos muchos, Odón, los que te admiramos y sentimos tu partida.