Entrevista
«En una sociedad que predica el triunfo, prefiero a los perdedores»
En ‘Pájaro sin vuelo’ Luis Mateo Díez vuelve al humor. Tras la catarsis de ‘La muerte de los seres queridos’, el escritor y académico leonés regresa a las tierras de Cela-ma de la mano de Ismael Cieza, un inútil, un esclavo de sus intestinos y uno de sus personajes más ‘dovstoyeskos’.

El escritor y académico leonés Luis Mateo Díez.
—En su nueva novela, ‘Pájaro sin vuelo’ regresa a ese territorio próximo a Celama, ¿se siente más cómodo en su universo?
—Sí, trabajo en un territorio que es una provincia innominada, donde hay muchas ciudades, y es ahí donde discurren todas mis novelas. En Celama, Ordial o Borela estoy en casa para contar la fábula que en estos momentos quería contar.
—El protagonista, Ismael Cieza, es un hombre condicionado por el estreñimiento...
—Sí es dueño de una precariedad fisiológica. No es habitual en literatura, aparte de las vicisitudes amorosos o eróticas, que el escritor ahonde en la carne. Con un cuerpo desengrasado no es fácil andar por la vida. Su contingencia fisiológica —que abordo casi de forma metafísica—, condiciona su vivir diario. La búsqueda de su equilibrio y de su limitada felicidad tiene mucho que ver con ese lastre del cuerpo.
—Su antihéroe tiene todos los ingredientes para triunfar en esta sociedad en la que escalan los mediocres...
—Ismael Cieza es un héroe del fracaso, como son mis personajes. Vive en lo precario pero tiene un sentido profundo de la vida. Con un conocimiento de sus limitaciones, resuelve su vida con cierto gesto de heroicidad. Está en el límite de lo que se aplaude ahora, el éxito, la prepotencia, aunque él es más misterioso, entrañable y melancólico. En una sociedad que predica el triunfo, prefiero a los perdedores.
—Usted es un escritor de personajes, con grandes secundarios. ¿Piensa antes en los personajes que en la trama?
—Surge la trama a través de los personajes. Como me gusta contar la vida, siempre la historia tiene también el aliciente de los personajes, que son el hilo conductor. Soy un novelista de tramas y personajes, indistintamente. Sin ellos, no voy a ningún sitio. Son seres excepcionales, aunque sean anodinos. Todos tienen una gran vida interior. Nunca van a cazar leones, sus aventuras son a la vuelta de la esquina. También está la peculiaridad de sus nombres.
—¿Alguna vez se le reb elan los personajes?
—Sí. Tengo una relación muy respetuosa con ellos. Sólo sé de ellos lo que ellos cuentan. La tercera persona (la mía) es siempre de acompañamiento. Ando detrás de ellos tomando nota, pero no interfiero. Van donde quieren. Recibo grandes sorpresas con ellos.
—El título, ‘Pájaro sin vuelo’, parece un punto de partida trágico...
—Mis títulos siempre son metafóricos, como El animal piadoso o Fantasmas de invierno. El título sugiere a una persona que tiene capacidad para subir a las alturas, pero con limitaciones para volar. Es una novela sobre el inútil, en la línea de la literatura rusa, del personaje indolente Oblomov. Ismael es un inútil que tiene una voluntad débil y recibe muchas encomiendas.
—¿Qué título le pondría a la que está cayendo?
—¡Qué duro! Hay una película, La tormenta perfecta; y ésta sería la imperfecta.
—¿Ha perdido la literatura su vertiente de evasión?
—La gran literatura, la gran ficción, siempre tiene que ser entretenida. Pero del entretenimiento hemos hecho algo trivial, se ha perdido el concepto del placer, que siempre es costoso y nunca gratuito. No hay novela más entretenida que Ana Karenina; tiene emoción y entretenimiento. Se ha devaluado el entretenimiento, porque se ha devaluado el ocio. Pasa igual con el cine, que está más cerca del mal circo que del cine.
—Hay dos leoneses que optan al Premio Planeta. ¿Sigue fiel a su código de no presentarse nunca a premios?
—Sí, por ningún prurito personal. Simplemente, no tengo apetencia ni necesidad de hacerlo.
—Después de la catarsis que fue para usted y los lectores ‘La muerte de los seres queridos’, en ‘Pájaro sin vuelo’ recupera el humor...
—Soy un escritor privilegiado, porque tengo lectores cómplices y había un requerimiento de volver al humor por parte de ellos. No tenía conciencia de haber perdido el humor. Quizá no sea tan festivo como en la Fuente de la edad. Sí hay un regreso al humor que tiene un punto de ironía y de tragicomedia de la condición a la que pertenecemos como seres humanos. El humor es una fuerza peculiar para desinflar la realidad.
—Algún crítico ha dicho que esta novela es la más ‘dovstoyeska’ y próxima al neorrealismo italiano.
—Admiro la novela rusa porque está llena de personajes peculiares, urdidos con sentimientos muy radicales. Me ha influido esa realidad de un país desgraciado como el nuestro, que se emparentaba con el neorrealismo italiano, sólo que allí había esperanza porque el fascismo había fracasado; aquí había ganado. Era un país ahogado en la desgracia. Esa estética neorrealista derivaba en pos de contarlo desde el humor negro, que ha sido una de las estéticas más interesantes para sobrevivir en la desgracia.
—¿Por qué la historia transcurre sólo en un día?
—Me gusta ese arquetipo, como el Ulises , de que un día es una vida. Me apasionaba esa idea. Un día podía ser el momento crucial en la vida de Cieza, en el que sobreviene el pasado, el presente se pone crucial y sobrevuela lo que tiene que resolver. Me da por pensar en ocasiones que todos tenemos un día definitivo. El día de mi vida...
—Una novela es siempre una conquista, ¿cuál ha sido la suya en este libro?
—Es una fábula compleja sobre el destino de lo que somos. Este ser humano que asume cosas que no le corresponden a costa de dejar responsabilidades. Creo que he sabido contarlo con naturalidad, aunque sé que soy dueño de un estilo que no es fácil. Estoy contento con el resultado. He rematado un trabajo difícil. Espero que el legado de la novela sea un ser inolvidable, Ismael Cieza.
—En la Seminci se estrenará ‘Viene una chica’, de Chema Sarmiento, basado en sus relatos. ¿Ha visto ya la película?
—Sí. He sido un escritor de acompañamiento. Me pasó con la Celama de Urdiales, que hicieron una fiesta barroca de aquel mundo. Un trabajo excepcional. Esta es una película de Chema.
—¿Pero le gusta o no?
—Sí, me gusta mucho. Es modesta de medios, pero va a sorprender. Está maravillosamente dirigida, es amable y emotiva.
—A Ismael Cieza se le fraguó el espíritu melancólico en la taza del váter. ¿Es usted también de los que leen en el baño?
—No. Pero siempre me ha interesado la idea del trono secreto. Ese momento de intimidad en el que algunos resuelven situaciones cruciales.
—¿En qué aventura literaria está embarcado ahora?
—Trabajo sobre varios textos, novelas cortas, relatos, unas memorias escolares... y no sé cómo casarán en un libro que se va a titular La cabeza en llamas . También estoy empezando una novela ambiciosa.
—¿Qué entiende por novela ambiciosa?
—Me he hecho mayor. Es una novela en la que afianzaría lo trágico y lo cómico, en la herencia de Fantasmas del invierno. Transcurrirá en un tiempo de mucha pesadumbre...
—¿Prefiere sorprender o emocionar al lector?
—Más emocionar, aunque la sorpresa es un gran aliciente. Lo inesperado es un hallazgo muy interesante en las grandes tramas. Me ocurre lo mismo que a Louis Malle, que decía: «Según me hago mayor, me interesan más las emociones que las ideas».
—La portada del libro es un hombre de espaldas sobre unas ruinas...
—Es preciosa. Es una foto llena de sugerencias, que me propuso la editorial y que tiene mucho que ver con la novela.
—Desde León, Villablino o Celama, en definitiva, desde la periferia, ¿se contempla el mundo con melancolía?
—Sí. La melancolía es un sentimiento de madurez. El tiempo pasa irremediablemente y las cosas no van como a uno le gustan. Aparte de desasosiego y desazón, aunque apueste por el ser humano, aparte de la nostalgia, que es algo blando, sí me provoca melancolía, que me hace nutrir la memoria de esos tonos otoñales...