El invento del maligno
Debate
En el debate del otro lunes hay un asunto que no debe quedar sin comentario: el desorbitado coste del festejo. Se mire como se mire, gastarse más de medio millón de euros en una cosa así es un dispendio inexplicable. ¿Usted cree que un debate como este puede costar realmente 550.000 euros, es decir, 92 millones de pesetas de las de antes? Le desgloso la factura: 90.000 euros por alquilar el Palacio Municipal de Congresos de Madrid; 80.000 euros por construir el decorado; 20.000 euros por la conexión a Internet; 20.000 euros por el ‘catering’ para «que la gente coma algo» (¿comieron beluga?); 70.000 euros por alquilar dos unidades móviles; 88.000 euros por aparejo técnico, a saber, doce focos, veinte cámaras y varias grúas; 10.000 euros por el transporte de los candidatos (¿han ido en avión?). Y vamos a ser serios: ni era preciso un espacio como el Palacio de Congresos, ni era indispensable construir un decorado como esa gigantesca dentadura postiza que vimos, ni tiene razón de ser el uso de veinte cámaras —no, no lo tiene—, ni tiene explicación la altísima cuantía de otras partidas.
Y lo que ya riza el rizo de la extravagancia es ese asunto de contratar a dos árbitros de baloncesto para controlar el minutado de cada candidato. ¿Qué pintan dos árbitros de baloncesto en un debate electoral? Casi hubiéramos agradecido más que, ya puestos, Campo Vidal habilitara una cuadrilla de cheerleaders para animar las pausas con sus bailes y pompones: eso habría tenido más sentido. Todos estamos dispuestos a aceptar que haya debates electorales entre los dos principales candidatos, por injusto que sea para las otras fuerzas políticas, porque, al fin y al cabo, uno de los dos ‘grandes’ será quien forme Gobierno. Y también estamos dispuestos a aceptar que estas cosas las monte la Academia, ya que los partidos no se fían de las cadenas públicas ni de las privadas.
Pero la factura final es de las que quitan el hipo. Y naturalmente, ya sabe usted de dónde saldrá el dinero: al final, del bolsillo ciudadano. Así tenemos la deuda que tenemos. País de manirrotos, oiga.