Diario de León

«Tuvimos todos de vernos muertos y enterrados por el horrible terremoto»

Gavilanes Laso rescata las cartas que el Padre Isla escribió sobre el tsunami lisboeta .

Grabados alemanes del siglo XVIII que dan cuenta de los desastres causados por el terremoto.

Grabados alemanes del siglo XVIII que dan cuenta de los desastres causados por el terremoto.

Publicado por
e. gancedo | león
León

Creado:

Actualizado:

Los terremotos persiguieron al Padre Isla, el genial jesuita y erudito leonés, a lo largo de su fecunda vida, pues si el Día de Todos los Santos de 1755 sintió los efectos del celebérrimo terremoto de Lisboa —en realidad, un pavoroso tsunami que provocó la muerte de cerca de 100.000 personas—, cinco años después, residiendo en Santiago, da cuenta de otro; un año después, de otro más cuyo epicentro anduvo cerca de Pontevedra y poco antes de su muerte notó uno en Bolonia tras el que escribió, en misiva a su hermana y con su habitual sorna: «Que ya va para dos meses que los terremotos no me han asustado...».

Son algunos detalles de la investigación que José Luis Gavilanes Laso, escritor y profesor de la Universidad de Salamanca jubilado, lleva preparando desde hace tiempo, una parte de la cual podrá comprobarse este próximo martes, día 28, en el Instituto Leonés de Cultura y a las 20.00 horas, donde Gavilanes pronunciará la conferencia El terremoto de Lisboa y sus efectos en la provincia de León , organizada por la asociación cultural Promonumenta.

«Lo que habrá sucedido...» El seísmo lisboeta de 1755 lo sufrió José Francisco de Isla recién incorporado al internado jesuita de Villagarcía de Campos (provincia de Valladolid, no lejos de la de León), porque al segundo día de su llegada escribe a su hermana Francisca, tal y como expone Gavilanes Laso: «Tuvimos todos de vernos en un instante, vivos, muertos y enterrados por el horrible terremoto que nos asustó en el día de Todos los Santos. Serenose ya el tiempo, pero no se han serenado los ánimos, y la mayor turbación del mío no es ya por lo que sucedió aquí, pues aun cuando sucedió, no la tuve; que de estos privilegios gozamos mucho los tontos, sino porque no sé lo que habrá sucedido en otras partes, y no me libraré de ella hasta recibir cartas nuevas».

Hacía bien en preocuparse Isla por lo que habría sucedido en otros lugares: el tsunami, con epicentro a unos 200 metros del cabo de San Vicente, destruyó gran parte de la ciudad de Lisboa —especialmente a causa del apocalíptico incendio posterior—, se notó en toda la Península Ibérica, Francia e Italia, provocando unos 90.000 muertos en Italia y posiblemente más de 5.000 en España. «En las playas de Huelva, por ejemplo, muchas de las muertes se produjeron cuando el mar se retiró: los vecinos, asombrados, se acercaron a contemplar el fenómeno cuando las olas gigantes lo arrasaron todo», explica Gavilanes, quien alude a una serie de cartas inéditas de Isla que en su día publicara la RAE en la Biblioteca de Autores Españoles y que ahora ha espigado el investigador leonés. Varias están dirigidas a su buen amigo el insigne portugués José Mascarenhas Coelho, brazo derecho que fue del Marqués de Pombal. Y así, dos meses y medio después del terremoto, Isla le escribe desde Villagarcía, felicitándose de que hubiera salido indemne. Y por lo que a él mismo concierne —comenta Gavilanes—, escribe el autor de Fray Gerundio de Campazas : «Estas especies hicieron de mí tan profunda impresión, que no he tenido instante de gusto ni de salud, y aun acabo de salir de la cama, habiendo estado en ella diez días con una calentura, acompañada de accesiones, que me destroncó, y me hubiera maltratado más, de no haberme cerrado en no admitir medicina alguna, dejando enteramente mi curación a beneficio de la razón y de la naturaleza».

La carta es larga y en ella Isla lamenta que, «siendo lo más, que ni el hijo sabía si tenía padre, ni el padre si tenía hijos, ni la casada si estaba viuda; y cuando por la noche los que estaban vivos echaron de menos a los que estaban muertos, ¡qué llantos!, ¡qué alaridos!, ¡qué desconsuelos!». En esa misma misiva, y hablando ya de la reconstrucción de Lisboa, el erudito aconseja que la sede de la Corte portuguesa no se vuelva a instalar en ese lugar —ni junto al mar, ni al lado de ríos caudalosos, objeta—, y su opción favorita es la norteña Braga, que ya había sido Corte de suevos y godos.

tracking