Pudibundos, currucatos y mogijatos

Para Antonio Mingote, el hombre que hizo del humor la lupa del siglo XX y que la sonrisa sustituyera a los dardos agrios que encierran las noticias, su trabajo era «razonar más allá de lo razonable» y tener «claridad de juicio». Ideas que hablan de la bonhomía de este jocoso intérprete de la vida.
Pobres, marquesas, burguesas, aristócratas, náufragos, toreros, políticos, «zascandiles, pudibundos, zangolotinos, mojigatos, ‘alindongados’, ‘currucatos’, chisgarabises, zascandiles o fifiriches» como él mismo les denominaba y acuñaba, eran protagonistas de sus viñetas.
Todos eran material o arcilla que utilizaba el ilustrador para tomar el pulso a la vida, a través de las viñetas que siempre han sido un espejo en el que se reflejaba la sociedad española. De ahí, como escribe Forges, que sus dibujos fueran «esenciales para entender el devenir reciente de España».
Dibujante, escritor, académico de la Lengua y hasta marqués de Daroca, tenía interés por todo y por todos, y comenzó dibujando de forma autodidacta. Vio su primera ilustración en el suplemento infantil del semanario Blanco y Negro, con tan solo 13 años.
Siempre se ha considerado que el humor de Mingote destilaba surrealismo, como de sus libros, y se le ha emparentado con los grandes de la época dorada del humor español: Ramón Gómez de la Serna, Tono, Jardiel Poncela y Miguel Mihura.
En color y en blanco y negro, Mingote dibujó de todo. Hizo carteles y vestuarios, y hasta pintó cuadros al óleo de sus conocidos personajes. Mingote no buscaba el humor negro o sangrante, sino la mera sonrisa de sus los lectores.