Diario de León

Una catedral llena de muertos

Desde su creación, la Pulchra se ha convertido en el pórtico que cientos de finados eligieron para su migración hacia el cielo, la última morada de reyes, nobles, obispos, arquitectos y maestros canteros.

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cristina fanjul | león
León

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«Oh, tú, quien quiera que seas, que pasas y contemplas la mezquina superficie de este mármol; mira dónde lleva la vana gloria del mundo. Fui canónigo de León y estudié las leyes civiles para proteger a los necesitados; un nombre cubierto de títulos y unas sienes coronadas de laurel proclaman mi amor a la Justicia. Pero, ¿para qué sirven tales honores y la multitud desolada de amigos y deudos? Nadie puede ayudarte en este trance. Mi patria fue Grajal y Juan tuve por nombre. El espíritu asciende a lo alto, mas los huesos quedan bajo la piedra». Es la voz de uno de los cientos de muertos que ampara la Catedral, la que en vida llevaba por nombre Juan Martínez de Grajal y que sigue sonando de manera atronadora siete siglos después.

A pesar del incalculable valor —no sólo artístico sino histórico— que aprisionan estos enterramientos, su existencia sigue siendo silenciosa para la mayoría de los caminantes que cada día viajan a través de los más de mil siglos de historia encerrados entre sus muros y que tan sólo se detienen en el panteón del rey Ordoño II. Sin embargo, basta prestar un poco de atención para comprobar que la Pulchra es aposento eterno de reyes, obispos, arquitectos o maestros canteros. No en vano, el claustro del templo ha sido conocido siempre como el cementerio de la Catedral y en él reposan personalidades como el propio Juan Martínez de Grajal, el obispo Juan Martínez, ‘el Zamorano’ o Demetrio de los Ríos.

El Cabildo ultima la publicación de una obra realizada por el que fuera canónigo de la Catedral, Raimundo Rodríguez Vega, en la que, entre otras cosas, se hace una brillante descripción de los enterramientos de la Pulchra.

Pocos saben, por ejemplo, que el sepulcro en el que los niños meten la cabeza a la espera de ver cumplidos sus deseos y que sostienen dos gárgolas caídas, albergó una vez el cuerpo de San Alvito, trasladado al Altar Mayor en 1527. Precisamente en este espacio esperan el fin de los tiempos las cenizas del obispo, en un gran altar concebido a modo de arco de medio punto y construido por Juan de Badajoz.

Otro de los que tuvieron el honor de descansar en el templo gótico fue el obispo Rodrigo de Vergara, asesinado en el año 1478 a las puertas del palacio del Conde Luna por los criados de Fernando Cabeza de Vaca, a la sazón tesorero de la Catedral. El obispo se encuentra en la capilla de Nuestra Señora del Pilar, capilla que esconde la puerta que da acceso a la escalera de caracol de la torre Limona, construida en el siglo XV por el maestro Justín con el fin de mejorar los empujes de los arbotantes hacia la cabecera del templo.

Una mujer

Uno de los sepulcros más bellos que atesora la Catedral es el de doña Sancha, hija del conde Munio González. La finada, cuyos restos descansan en la capilla de la Virgen Blanca, fundó a orillas del Esla un monasterio dedicado a San Antonino y que regaló a la Catedral en el año 1040. Según cuentan la crónicas, la generosidad de doña Sancha suscitó la envidia del sobrino, que se sintió desairado y acabó con su vida. Toda la historia está representada en el frente de la urna: la de la muerta ofreciendo el templo a la Virgen, a los asesinos cometiendo el crimen —entre ellos la víctima implorando piedad— y el sobrino a caballo presenciando el crimen. En el borde de la estatura yacente se lee: Mestre Marcos me fizt . Una curiosidad malsana lleva a narrar que fue precisamente en esta capilla, que también preserva el descanso del infante don Juan, por donde en 1991 entró —rompiendo una vidriera— un demente que dijo buscar vampiros.

Poco queda por decir del sepulcro de Ordoño II, el gran mausoleo construido a principios del siglo XV para trasladar los restos del rey que elevó el templo. La estatua yacente, del siglo XIII, fue esculpida para descansar de pie y pudo, por lo tanto, haber sido desplazada a este lugar desde alguna de las portadas de la catedral. Las figuras y rótulos que rodean la escultura del monarca pudieron haber sido copiados del sepulcro primitivo y contienen, además del epitafio, un resumen histórico de las principales conquistas.

Otro de los sepulcros más curiosos es el que se realizó para custodiar el cuerpo de San Pelagio, obispo de la ciudad entre el 875 y el 78. Fue obra del arquitecto Juan López y se ideó como un retablo de piedra, de arco semicircular, sobre columnas estriadas, friso de querubines y en las enjutas ángeles con coronas.

Pero, sin duda el que mejor se conserva es el del obispo Rodrigo Álvarez, con estatua yacente mirando al altar.

Otra de las mujeres enterradas en el templo es María Velázquez, mujer de Rodrigo Alonso de Mansilla, adelantado de guerra de León y Galicia y Merino mayor de Asturias. Sus sepulcros se encuentran en la capilla de San Andrés. Ambos patrocinadores de la Catedral, sus esculturas se encuentran en la capilla de San Andrés, en el muro norte.

La capilla de Nuestra Señora del Dado conserva el lugar donde debió ser enterrado Juan del Enzina, «por ser el lugar que le vendió el Cabildo para su enterramiento». Allí mismo está el lugar de reposo de Pérez Cavilán, un rico comerciante que donó su hacienda al Cabildo, fue nombrado canónigo honorario y murió en 1382.

Uno de los enterramientos más bellos de la Catedral es el que se construyó para alojar al obispo don Munio. Debajo de tres ojivas de la arquería mural, en el brazo oriental del crucero y muy estropeado a causa de la humedad y la mala calidad de la piedra se encuentra el sepulcro de este obispo, cuya estatua yacente, entre dos leones, ha perdido la mitad del rostro. En los tímpanos vemos a San Martín partiendo la capa con el pobre, la Flagelación y el Calvario. Apenas pueden leerse estas palabras, meras sombras de lo que el obispo fue en vida : ... beatus pauper... eat: flentibus hic: flebat: tan...

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