No llores por mí
El invento del maligno javier martín-domínguez
La política de las lágrimas se asomó a las pantallas con más intensidad que nunca en los últimos tiempos, llenando el tubo de emociones propias de los culebrones de turno. Lloraba el Rey, Brufau y el Gobierno, Guardiola y Messi, Sarkozy y la Bruni… inundando la televisión del aire lacrimógeno que contagia al país en medio de la crisis. Valdría acuñar el aforismo de «quien llora pronto consigue perdón», como «el que ríe el último, sale ganador». En el colapso de la televisión pública quizá sea el Gobierno popular el que termine riendo más y mejor, después de aguantar la táctica socialista de mantenerse en la ilusión del caos: una empresa sin cabeza, en la que Rubalcaba es aireado más que Rajoy. La gran paradoja nunca vista en la historia de nuestra televisión es que fuese la oposición la que controlase el aparato, mientras se acusaba al Gobierno de querer hacerlo.
A pesar de la pomposa y hueca reforma dirigida por ZP, aireada como un gran logro, la pública ha vivido en manos de directivos ligados al anterior Gobierno y nombrados incluso antes de crearse la ‘nueva’ Corporación. Las lágrimas por la supuesta pérdida de independencia no dejan de ser lágrimas de cocodrilo ante la pérdida del último bastión socialista.
Las lágrimas suelen nublar la vista y no estamos en este periodo de abundancia informativa para perder la visión. La tele tendrá por fin un presidente, la Zarzuela un estatuto de funcionamiento y el Barça un acicate para renovarse. Tiempo de cambio. La táctica culé de pasar y pasar hasta aburrir parece un símil de la política española: hablar y hablar para no mover ficha. Estamos en tiempo de descuento y se impone la agilidad y la sorpresa de las grandes decisiones.
El público pide acciones rápidas y resultados. «No llores por mí» —que decía la letra de Tim Rice para Evita— es el eslogan ciudadano ante la crisis. No llores y haz algo. Incluso cambiar la televisión. Menos gastos impropios, más producción nacional, menos cine americano y menos fútbol, para que dejemos de ver la vida como eso que pasa entre dos partidos.