Las pinceladas mágicas de Vargas
El veterano artista expone en la Obra Social de Santa Nonia la segunda parte de ‘El orden de la luz’.

El artista Alejandro Vargas y el poeta y premio Cervantes Antonio Gamoneda, que mantienen una estrecha amistad.
Cuando un artista ve mermada la fuerza explosiva de la juventud, su obra camina más pausadamente, más despacio. Aunque hayan pasado seis años desde la última exposición de Alejandro Vargas, realizada también en la misma sala que ahora expone, el Centro Cultural de Santa Nonia, el artista continúa en la misma línea a la que entonces llamara El orden de la luz, de la que ahora ofrece la segunda parte. «El rumbo ha variado algunos grados y creo que a partir de este momento el viraje será más pronunciado. La principal característica de mis últimas obras es la búsqueda de la luz, son mucho más luminosas que las anteriores. Y, además, hay una pincelación distinta, en cierto modo más rigurosa y, desde luego, más gruesa. Pero también son unos cuadros más meditados», explica. En los trabajos de Vargas la pincelada tiene mucha importancia, hasta el punto de que en una primera visión el espectador se sorprende con un cúmulo de pinceladas muy gestuales sobre el lienzo, pero tras ellas se esconde la realidad de su pintura. «La dinámica de mis trazos es absolutamente espontánea, lo que está más estudiado es la forma de realizar la composición. Para hacerlo necesito estar en una especie de estado de gracia. Lo cierto es que yo trabajo muy rápido cuando decido lo que he de hacer. Hay cuadros que, aunque pintados en muy pocas horas han requerido un estudio de meses. Yo no solamente pinto, sino que borro y repinto una y otra vez», afirma.
El pensamiento de Vargas se acerca a la mística oriental y también al arte chino. «Yo tengo una debilidad por oriente, sobre todo por sus conceptos estéticos, que me han influido de una forma importante. A mí me interesa mucho la pintura china. Yo he visto cuadros de artistas chinos actuales, incluso pintados al óleo, que es una técnica que se desconocía en oriente, y en los que el pintor trabaja como si de una acuarela se tratase… y en realidad es lo que hago yo», asegura.
Para sorpresa de propios y extraños hay un verso suelto en la exposición, un retrato de pequeñas dimensiones de un hombre de triste figura y revuelta barba blanca, una sugerente representación del Quijote. «El retrato es una de mis debilidades a mí me gustan el paisaje y el bodegón, pero también he dedicado mucho esfuerzo a representar la figura humana. He tenido temporadas de hacer muchos retratos de gente imaginaria. Me atrae mucho la expresión del rostro humano. El Don Quijote fue surgiendo sin yo pretenderlo. Y mientras pintaba fui dándome cuenta de que aquella figura que aparecía poco a poco sobre el lienzo era Don Quijote… y así quedó. Lo he traído a la exposición a petición del público, de los que lo habían visto en mi taller», confiesa.