Diario de León

Gerardo Boto | historiador

«Después de la Guerra Civil, España se convirtió en almoneda, fue aberrante»

Lleva cinco años investigando una trama apasionante. «El siglo XX español pasa por este claustro», destaca el descubridor de las arcadas románicas que durante los últimos sesenta años han servido de porche a la piscina de una mansión de Palamós. Y es que este tesoro articula un thriller que resume de manera magistral hasta qué punto somos responsables de la pérdida de nuestra memoria.

El historiador leonés Gerardo Boto en la finca de Mas del Vent, que alberga el claustro medieval inédito.

El historiador leonés Gerardo Boto en la finca de Mas del Vent, que alberga el claustro medieval inédito.

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cristina fanjul | león
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—¿Qué fue lo primero que pensó al ver las imágenes del claustro?

—La primera vez que vi fotografías de las arcadas fue hace cinco años y medio. Digamos que alguien me las hizo llegar. Pensé si aquello podía tener algún valor. Resultaba muy desconcertante. Al poco tiempo descubrí otras imágenes que me aportaron detalles comlementarios, pero la imagen general seguía siendo fragmentaria. Fueron las fotografías de Arquitectural Digest las que aportaron la imagen completa. Además, ya eran fotografías legales, conseguidas con el beneplácito de los propietarios de la finca.

—¿Le cambió la perspectiva?

—Desde el principio pensé que no podía ser, me parecía incomprensible que unas galerías claustrales de esa dimensión hubieran pasado desapercibidas durante tanto tiempo. Así que dejé las fotos en barbecho. De vez en cuando, eso sí, se las mostraba a colegas cuyo desconcierto era siempre similar al mío.

—¿Alguna de las fuentes escritas que ha consultado arroja luz acerca del origen, del monasterio al que pueden pertenecer las arcadas?

—Las fuentes que he consultado de momento no aportan información en ese sentido, pero aún quedan muchas y albergo esperanzas.

—¿Cuántos frentes de investigación tiene abiertos?

—Son tres vertientes. La primera es, por supuesto, el origen histórico, cuál pudo ser el monasterio al que se amputó ese claustro. Pero también está el capítulo, en mi opinión apasionante, que nos cuenta la recepción y el montaje en Madrid. Qué personas posibilitaron que las galerías claustrales pudieran ser compradas en Madrid.

—Nombres...

—Más que nombres, las relaciones que surgieron entre ellos, qué papel real ocupaba cada uno de ellos en la trama.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, no tengo clara aún la relación entre Eutiquiano García —anticuario cuyo nombre aparece en el contrato de compraventa del claustro en julio de 1958— y el hijo de Ignacio Martínez.

—En cualquier caso, eran anticuarios, digamos, de medio pelo.

—Sí, por supuesto, pero por eso mismo resulta imprescindible conocer la trama de las relaciones personales y profesionales de los anticuarios en ese momento.

—Porque, según sus investigaciones, ambos podrían haber sido hombres de paja de Arthur Byne.

—Lo sustantivo es que ninguno de los nombres citados, a no ser Byne, tenía recursos económicos y políticos para llevar a cabo una empresa de estas características.

—También hay que contar con la impunidad con la que se robaba en aquel momento.

—La situación era aberrante. La ley que comienza a proteger el patrimonio se aprueba en 1928 y aún así, en 1929 se hacen negocios que nos sonrojarían. Es ya en la República cuando se declaran monumento nacional decenas de inmuebles con el fin de protegerlos, con lo que las transacciones económicas en relación a la compra fraudulenta son más difíciles, pero se siguen haciendo. Con Alfonso XIII hay una propensión de algunas autoridades eclasiásticas a desprenderse del patrimonio y después de la guerra civil, España se convirtió en almoneda. Esto también ha pasado recientemente en Irak o en Bosnia.

—¿Puede poner un ejemplo?

—Resulta difícil, y además no sería justo. Tras la guerra, más que los obispos, las ventas las hicieron sacerdotes de base que pasaban hambre y que, muchas veces, vendían tallas o imágenes para sacar adelante a los feligreses. Estaban ayudando a la comunidad. No se pueden hacer juicios morales generalizados.

—Volvamos a Byne. Cuénteme un poco quién era este personaje.

—Arthur Byne era un historiador del arte que llega en 1912 a España becado por la Hispanic Society para hacer estudios acerca del arte español. Realizó investigaciones estupendas que hoy hemos descubierto que no son sino catálogos de objetos susceptibles de ser comprados. ¡Hacía catálogos para millonarios americanos! Los había de muebles, de tallas religiosas, de arquitectura religiosa, de techos decorados, incluso de capiteles. Siempre digo que eran auténticas armas de destrucción masiva del patrimonio. Byne se queda en España, que se convierte en su centro de operaciones. Eran famosas sus fiestas y recepciones con aristócratas e intelectuales de la época.

—Y él pudo ser quien comprara en realidad el claustro.

—Sí, porque no tiene sentido pensar que lo hicieran anticuarios españoles, que no tenían ni los contactos ni el idioma para hacerlo.

—Es decir, que tenía hombres de paja, testaferros a los que utilizaba para camuflarse con el paisaje.

—Sí, la realidad es que de arriba abajo, tenía untado a todo el mundo: policías, ministros, obispos, anticuarios... tenía mucho banquillo. Hay cables que envía a Julia Morgan, la arquitecta de Raldolh Hearst que hacía de conseguidora de obras de arte, en las que le dice, por ejemplo, que gracias a sus contactos va a solventar esta o aquella dificultad.

—¿Se puede saber gracias a esos cables para quién podía ser el claustro?

—Resultaría muy complicado porque siempre eran mensajes encriptados en los que no se referían a la pieza que iban a vender ni al comprador con su auténtico nombre.

—Pero ¿se puede lanzar alguna hipótesis?

—Pudo ser, por supuesto, William Randolph Hearst, pero también cualquier millonario americano procedente de Florida, de Pensilvania, de Ohio, y es que en aquel momento Byne amplió su cartera de clientes. Aquí ya entraríamos a hablar de Alemania, Holanda, Suiza e Inglaterra en menor medida

—El caso es que se vendió muchos años después.

—Arthur Byne se mató en un accidente de coche en 1935 y entonces Ignacio Martínez se encuentra con un tesoro entre las manos que no sabe muy bien como gestionar. Por cierto, está enterrado en Carabanchel.

—¿Cómo es posible que este claustro haya sido como el pueblo del filme ‘Brigadoon’?

—Yo también me pregunto cómo es posible mantener oculto algo de esta envergadura durante 80 años sin que ni investigadores ni administración supiera nada.

—¿Por dónde siguen las investigaciones?

—La madeja se desenrosca ahora en el ambiente de la Barcelona de los años cincuenta.

—Es un gran tema para una novela ¿verdad?

—Desde luego, porque el siglo XX de España pasa por este claustro. Hay nazis, represaliados republicanos, millonarios americanos, autoridades franquistas... Un filón.

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