Oreja para Ponce y doble percance de Jiménez Fortes
El malagueño exhibió un valor desmedido que le costó caro.

Enrique Ponce ante su primer toro, al que cortó una oreja.
Valor desmedido el de Jiménez Fortes. Pero valor desordenado. Ese querer a toda costa tiene a veces la contrapartida de la falta de respuesta en el toro, que se siente acobardado, vencido de antemano.
El malagueño optó por el encimismo, atosigando al tercero, que en una de sus huidas hacia adelante en pleno parón se lo quitó del medio levantándole los pies del suelo. El toro, noble, no hizo por él después de tenerlo a merced. Pero cuando lo tuvo suspendido en el aire le metió el pitón.
Una cornada de dos trayectorias, poco profundas pero que hizo necesario de un drenaje con el que volvió al ruedo para matar al sexto. Fortes, no obstante, no gesticuló lo más mínimo, impávido frente al toro mientras le corría la sangre por la taleguilla. Nadie, ni él mismo, podía sospechar del alcance de la cornada. Por eso tuvo tanto mérito seguir ahí. Lo cierto es que el toreo de cercanías no siempre da buen resultado, hasta el extremo de plantearse ahora si el animal hubiera dado más de sí dejándole más desahogos.
Dicho está que le sobraron agallas al torero para regresar de la enfermería y dar cuenta del sexto, toro tardo, de medio viaje y punteando mucho los engaños. Esa fue la tónica de la corrida, prácticamente imposible para los toreros. Pero el valor de Jiménez Fortes le empujó aquí también al arrimón, lo que le costó una nueva voltereta de la que salió conmocionado. Ni una pega al valor del torero. Aunque para resolver el triunfo con los toros de hoy hubiera sido menester otra aptitud. Ni más ni menos que lo que ocurrió con Ponce, que toreó de una extraordinaria exactitud y limpieza, muy elegante y estético al que abrió plaza. Faena de exquisitas formas que le valió la única oreja de la tarde. El cuarto, topón y sin fuerzas, fue el colmo del descastamiento, sin rematar los viajes. Para que Ponce no pudiera sacarle partido da una idea de cómo fue el toro. El primero de Luque, que tardó casi diez minutos en aparecer en el ruedo, fue otro manso de cuidado, reponiendo las embestidas, un punto descompuesto. Luque anduvo con él queriendo, pero acelerado, y no pasó nada. El quinto toro, prácticamente sin picar, tuvo una embestida discontinua, «metiéndose» por los dos pitones. Otra vez las prisas y el embarullamiento en una faena que Daniel Luque no terminó de armar, y que tuvo como epílogo un proyecto de arrimón también sin resolver.