Fran Rivera también deja los ruedos
El diestro, que se retira seis días después de que lo hiciera su hermano, brinda su último toro a su hija.

El diestro Francisco Rivera Ordóñez lidiando a su primer astado en la feria del Pilar y, a la derecha, brindando su último toro a su hija.
El matador de toros Francisco Rivera Ordóñez, Paquirri, ha confirmado a Efe su decisión de retirarse del toreo, aunque no ha llevado a cabo el corte simbólico de coleta que se esperaba al finalizar la corrida celebrada ayer en Zaragoza.
Según salía de la plaza, y a la pregunta de si esta tarde en Zaragoza había toreado en su última corrida en activo, Francisco Rivera Ordóñez contestó con un lacónico: «Si Dios quiere, sí».
Paquirri, que fue ovacionado al finalizar sus dos faenas, brindó el último toro de su carrera a su hija, Cayetana, presente en una barrera del coso de la Misericordia, y abandonó la plaza entre abrazos de amigos y compañeros, pero sin el esperado corte del añadido. Se da la circunstancia de que esta decisión de Francisco Rivera Ordóñez se produce tan sólo una semana después de que su hermano pequeño, el también matador de toros Cayetano, anunciara un parón temporal en la profesión.
El anuncio de la retirada de los ruedos de Francisco Rivera Ordóñez no sólo supone el adiós al último eslabón de una importante dinastía taurina, sino también un claro ejemplo de torero que pudo haber llegado a lo más alto y que, sin embargo, se quedó a medio camino.
Fran Rivera, como se anunciaba en sus inicios, lo tenía todo a favor para emprender su carrera en el toreo: una familia muy ligada a la profesión y una afición desmedida desde que era niño.Los inicios no fueron, por tanto, tan duros y tan difíciles como los que puede tener cualquier adolescente sin raíces taurinas. El hecho de ser nieto de Antonio Ordóñez e hijo del malogrado Paquirri le abrieron muchas puertas desde que empezó a torear sin caballos. Pero lejos de ser el típico torero «apadrinado», que entraba en los carteles simplemente por ser quien era, desde que debutó con picadores fue sorprendiendo a profesionales y crítica con un concepto valiente, puro y de mucho sentimiento, que recordaba mucho al de su padre.
Parecía entonces que la saga de los Rivera Ordóñez iba a tener una continuidad merecida y justificada, pues Francisco iba creciendo a pasos agigantados, consiguiendo triunfos de relumbrón en plazas importantes. Su papel de promesa del toreo se confirmó en su último año de novillero (1995) que completó con más cien paseíllos. Los últimos años de la década de los 90 fueron los de mayor gloria para Francisco Rivera. Pero algo tuvo que pasarle a partir sobre todo de la entrada del nuevo siglo. Su enlace matrimonial con Eugenia Martínez de Irujo, hija de la duquesa de Alba, sus continuas apariciones en la prensa del corazón y la pérdida de fuelle en su trayectoria hicieron dudar sobre su capacidad e, incluso, compromiso con la profesión.