Juan Gelman poeta
«A algunos sísifos, la condición de víctima les procura cierto goce; no es mi caso»
El próximo viernes, Juan Gelman recibe el premio Leteo, un galardón que los integrantes del club literario le han concedido por la «rotundidad de conciencia» de su discurso poético. El poeta argentino desvela en esta conversación las emociones, ‘demonios’, autores, la memoria vital sobre la que se ha aupado para crear su universo y lenguaje literario.

El poeta argentino Juan Gelman, que recibe la próxima semana el premio Leteo.
El viernes 9 de noviembre el auditorio de Caja España acogerá la entrega a Juan Gelman del premio Leteo. El poeta argentino se convertirá ese día en el duodécimo escritor en ceder ante un grupo de (ya no tan jóvenes) poetas cuya única voluntad es brindar a los leoneses la posibilidad de acceder a la verdadera literatura. Gelman, premio Cervantes, sempiterno candidato al Nobel, coge el testigo de otro poeta, el brasileño Ledo Ivo, y mantendrá un diálogo poético con Antonio Gamoneda, escritor al que le une una profunda convicción en la defensa del pobre. En esta entrevista, Gelman habla acerca de algunos de los temas que pueblan su creación literaria, como el dolor, con una voz que ha sido calificada por los críticos como una de las «más determinantse de la poesía hispanoamericana». Sin embargo, Gelman se niega a encasillarse en ningún asunto poético y asegura que el único tema de la poesía es la poesía misma. «Por eso puede hablar de todo», añade a continuación. Él lo demuestra en esta conversación.
—Los integrantes del club Leteo manifiestan en el fallo del premio que su galardón se debe al hecho de que su literatura ha creado librepensadores. Estamos en un momento crucial en la historia de España. Sin embargo, hay pocos intelectuales que desarrollen el papel de conciencia crítica del poder, y eso que no tienen demasiado que perder. ¿Podría hablar acerca de cómo fue articulando su discurso contra el poder a través de la poesía?
—Es difícil responder a esta pregunta. Para hacerlo, tendría que hacer un recorrido desde mi juventud, que se quedó un poquito lejos. Pero algo puedo decirle: empecé a escribir poesía a los nueve años (ya imaginará usted de qué calidad). Y tenía once cuando se publicó mi primer poema, de amor naturalmente, y he sido militante de las izquierdas desde los 15 años. Escribí poesía política, pero sólo «cuando la circunstancia exterior coincidía con la circunstancia del corazón», al decir de Paul Éluard. Por lo demás, y aunque la poesía llamada política o social se escribe desde hace mucho —baste pensar en los poemas pacifistas de Arquíloco de hace 27siglos—, pienso que la poesía es el poema, cualquiera sea su asunto, y digo asunto porque el único tema de la poesía es la poesía y por eso puede hablar de todo. Una verdad de Perogrullo es que con el mismo asunto se puede hacer una obra de arte o algo que no es arte, para decirlo gentilmente.
—Dice que callar es un desierto y que los poetas tienen la capacidad de iluminar. ¿Qué poetas le iluminaron a usted?
—La lista sería muy larga, desde Raúl González Tuñón y César Vallejo, hasta Lautréamont, Baudelaire, Heine, Antonio Gamoneda, Shakespeare, Basho, el Dante, San Juan de la Cruz, René Char, Rubén Bonifaz Nuño o José Ángel Valente. A lo largo de decenas de siglos, la poesía ha reunido voces extraordinarias que iluminarán hasta que se acabe el mundo.
—En uno de sus poemas, escribe acerca de los comisarios del olvido. Creo que todos lo somos un poco. Sin embargo, y en España lo vemos muy bien, sin memoria es imposible conseguir reconciliación. ¿Cómo se consigue vivir con todo ese recuerdo sin caer en la desesperación?
—Con esperanza, aunque esté lastimada. Iván, mi nietito menor, ilustró un día a toda la familia: peor que la muerte —dijo— es no haber nacido...
—Paul Auster, premiado hace dos años con el Leteo, me dijo que nadie puede considerarse un escritor real si no ha sido capaz de salir del vientre del tiburón. Se refería al cuento de Collodi y me aseguraba que él había pasado por muchas más pruebas de las que le habría gustado. ¿Cuándo comenzó su travesía por las tripas de la bestia y cuándo consiguió salir de ellas?
—No he leído ese cuento de Collodi, de manera que no sé a qué se refiere la resonante frase de Paul Auster, un escritor que admiro. ¿Cuál será ese tiburón? ¿El dolor? ¿Encontrar la propia voz después de asimilar influencias? ¿Tantos otros tiburones que andan por ahí?
—Esas tripas del tiburón podrían asemejarse a ‘La noche oscura’ de San Juan de la Cruz, o a ‘Poemas a Lázaro’, de Valente, a navegar en medio de la desesperación. Mi pregunta es cuál es, en su caso, la luz que le guía, o el fardo que carga, sabiendo que, a pesar de la inutilidad, hay que imaginar que Sísifo es feliz. ¿Comparte la afirmación de Camus?
—He conocido sísifos a los que su condición de víctimas les procura cierto goce. No es mi caso.
—¿Cree que los verdugos tienen derecho a sentirse culpables?
—Preferiría que sobre todo se sientan responsables.
—El judaísmo, con todo lo que eso implica ¿lleva a tener una mirada diferente del mundo?
—Depende, hablando de hoy. Hay judíos que hace generaciones viven integrados en muchos países que no son Israel. Están los habitantes de Israel y entre los unos y los otros encuentro diferencias notables de mirada y aun de cosmovisión. Y hay otras diferencias: yo fui criado en un hogar judío laico que no me inculcó la cultura imperante en los hogares donde rige la ortodoxia religiosa. Por lo demás, el generalizar me parece desacertado. Para hablar de escritores judíos: dígame usted en qué se parecen la escritura de Kafla y la de Scholem Aleijem, que fueron contemporáneos, o la poesía de Paul Celan y la de Yehuda Amijai, igualmente contemporáneos.
—Decía Elías Canneti que el alemán era su patria, él lo llamaba su ‘Heimatland’. Decidió que sería el alemán el idioma con el que interpretaría el mundo. ¿Le ocurrió a usted algo parecido? Lo digo porque tengo entendido que en su hogar, en su infancia, los idiomas en los que se desenvolvía eran el ruso y el yiddish. ¿Hasta qué punto esa riqueza idiomática le ha influido en su creación poética?
—Además del yidish, el ucraniano y el ruso, en casa y en la mesa se hablaba el castellano, que es mi lengua materna y siempre me fue mal cuando intenté escribir poemas en otras lenguas que conozco. Sin embargo, me ocurrió algo parecido a la experiencia de Canetti. Vivíamos en un barrio de inmigrantes de Buenos Aires, Villa Crespo, y al salir a la calle escuchaba además el árabe, el polaco, el yugoslavo, otros idiomas. No sé bien cómo eso conformó mi escritura, tal vez me hizo entrar en la musicalidad de todo poema.
—¿Cómo cincela el exilio la creación poética?
—Hablo de mi caso. En el exilio volví a leer a los místicos españoles, a San Juan, el poeta más alto de nuestro idioma para mí, y a Santa Teresa. Encontré en ellos lo que yo mismo sentía: la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, mi país, mi familia, tantos amigos y compañeros «desaparecidos» por la dictadura militar para mí. Escribí dos libros — Citas y Comentarios— dialogando con ellos y también con poetas del tango asediados por la pérdida. Y, sobre todo, con la lengua castellana del siglo XVI. Fue una experiencia muy enriquecedora, encontré en ellos o, en otro plano, en las cartas de Cortés o las de Francisco de Marroquín Hurtado, el primer obispo de Guatemala, tantos caminos de la lengua castellana clausurados por el tiempo pero todavía abiertos...
—Dice en un poema que cuando un poeta se posa sobre el mundo lo desplaza. ¿Aún quedan utopías como la que se desvela en este verso?
—Creo que la función de una utopía reside en su fracaso para abrir la puerta a otra mejor. Oscar Wilde no concebía un mapamundi sin el país de la utopía, al que entramos todas las noches queriendo un mundo mejor.
—¿A partir de qué edad se empieza a comprender que las utopías no se cumplen?
—No lo sé todavía, pasaron muchas y vendrán otras.
—Siguiendo con Cannetti, una de las tesis que este autor defiende en la obra ‘Masa y poder’ es que tan importante como el efecto de un individuo sobre un colectivo de gente es que la masa tiene su propia lógica y su propia voluntad y que esta fuerza puede ser capaz de alterar el ritmo de la realidad. ¿Cree que, de alguna manera, estamos a punto de presenciar esta reacción?
—Es posible, pero, con todo respeto, debo decirle que no soy todólogo.
—Tengo entendido que tendrá un ‘tête á tête’ con Gamoneda. La poesía de ambos, según mi opinión, tiene un nexo de unión en el dolor. Mi pregunta es si se puede llegar a la belleza a través del desgarro.
—La gran poesía de Antonio Gamoneda muestra que sí.