Diario de León

José Vicente Pascual escritor

«La historia ha llevado al islam hacia un callejón sin salida»

El escritor granadino José Vicente Pascual escuchó un día a un profesor que en la montaña de León la gente conocía «hasta 17 palabras para designar la nieve». Y por eso hizo leonés a Álvaro de Bayos, protagonista de ‘La hermandad de la nieve’, la novela histórica sobre el convulso siglo XVI que hoy presenta en la librería Artemis a las 19.45 horas.

El escritor granadino José Vicente Pascual.

El escritor granadino José Vicente Pascual.

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emilio gancedo | león
León

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—¿De dónde partió la chispa de ‘La hermandad de la nieve’?

—Siempre me ha interesado el siglo XVI granadino porque es como un resumen a escala de la sociedad de la época en toda la península, subrayado por la «cuestión islámica». He publicado más novelas sobre la época, como Juan Latino. Este verano hizo dos años que mantuve una amena sobremesa con Ángel Fierro y Ángeles Caso en Valdelugueros. Allí surgió extensa la conversación sobre la cultura nazarí y el conflicto con los moriscos tras la entrega de la ciudad a los Reyes Católicos en 1492. Aquella charla me animó a escribir y contar la historia desde la perspectiva que creo más realista, alejada de esos tópicos y mitos sobre Granada que me interesan muy poco.

—¿Quiénes eran ‘los neveros’, es decir, existía realmente este oficio?

—Siempre existió la costumbre de bajar nieve y hielo de Sierra Nevada a la ciudad, tanto por parte de los nazaríes como de los cristianos. Los neveros, como gremio, no nacieron hasta el siglo XIX, aunque en mi novela anticipo este hecho e intento hacerlo verosímil en el mismo siglo XVI. De esta forma puedo narrar los hechos más significativos de una época decisiva para Granada y España desde el punto de vista de quienes trabajan con sus manos y constituyen la fibra real de una sociedad muy compleja. El fundador de la Hermandad de los neveros es un leonés, Álvaro de Bayos, llegado a Granada con el ejército de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Le diré por qué elegí a un hombre de la montaña de León como fundador de esta estirpe. Cuando estudiaba en la facultad de Letras de Granada, mi profesor de filología nos explicó que en el idioma español hay, básicamente, una palabra para designar a la nieve. «Sin embargo –añadió-, en lugares como la montaña de León hay hasta 17 palabras para nombrarla». Como comprenderá, el primer cristiano que miró mucho más arriba de la colina de la Alhambra para fijar su vista y su ambición en la nieve tenía que ser un leonés. Por eso la novela comienza con esta frase: «Mi abuelo nunca supo leer ni escribir, pero de números sí sabía y de nieve más que nadie».

—¿Qué mueve a los protagonistas de su novela?

—Lo que ha movido siempre a los seres humanos: el afán de supervivencia y la ambición por perpetuar un modo de vida, unos valores que en este caso –como era tan propio de la époc -, van estrictamente unidos a la tradición de su oficio. Los gremios, durante la Edad Media y Moderna y hasta la revolución industrial, eran el ámbito natural de transmisión de conocimientos. La ética del trabajo estaba ligada de forma natural a la ética de la vida. Un hombre era lo que hacía, su dedicación. Por eso los gremios tuvieron tanta importancia durante tantísimo tiempo: eran el vínculo ininterrumpido entre la experiencia cotidiana y el saber originario, ancestral, de la humanidad. Quien era maestro en un oficio, era un hombre sabio. Hoy el asunto no funciona de la misma manera, me temo.

—¿Cómo era esa Granada recientemente tomada a los musulmanes? ¿De qué manera permaneció la cultura y la tradición del reino nazarí bajo la nueva denominación cristiana?

—Granada era una ciudad habitada por musulmanes y cristianos. Los primeros gozaban, en teoría, de los beneficios de las Capitulaciones de Santa Fe, las cuales les permitían mantener su religión y costumbres. Los cristianos, por su parte, ejercían el poder político y administrativo. En la práctica, multitud de musulmanes se convirtieron al cristianismo para estar del lado de los vencedores. Se bautizaron muchos nobles musulmanes de la estirpe del rey Boabdil, como fue el caso de la princesa Cetti Meriem, sobrina del rey de Granada, y su esposo Sidi Yahya, quien fue  nombrado Alguacil Mayor de Granada.

En esta novela he intentado rechazar la impostura romanticista sobre estos hechos. Cuando Boabdil salió de Granada no fue al destierro ni a la miseria, sino a ocupar el cargo que le habían cedido sus majestades católicas: Señor de las Alpujarras. El célebre episodio del Suspiro del Moro, el «llora como una mujer... etc» que supuestamente le espetó su madre, es una bobada sin ningún fundamente histórico. La verdad es que los Reyes Católicos y la nobleza de Castilla y Aragón se repartieron el poder bastante ecuánimemente con las castas dirigentes de los nazaríes, y establecieron un férreo pacto histórico que tuvo vigencia durante muchos siglos. Al final, como sabemos, el experimento acabó de forma dramática, con una espantosa guerra civil y la expulsión de los moriscos del reino de Granada y de España.

—Guerras de religión, lengua o raza... ¿ha cambiado algo el mundo desde los coletazos de aquella reconquista? 

—Estoy convencido de que si el «experimento» de convivencia entre civilizaciones pactado en las Capitulaciones del 25 de noviembre de 1491 hubiese tenido éxito, hoy conoceríamos un islam integrado en la cultura occidental, muy distinto al que, por desgracia, estamos acostumbrados. Sería una religión más, como ser católico, budista o mormón. Pero el asunto no funcionó. El islam pudo haber sido una religión de tolerancia, una creencia-puente entre el cristianismo y el judaísmo, pero las circunstancias históricas, el continuo fracaso de lo que algunos políticos creen haber inventado hace dos días y que llaman «alianza de civilizaciones», ha radicalizado al islam, llevándolo a un callejón sin salida: o existe en contra de los demás o no tiene sentido. ¿Cómo va a tener sentido una religión que pretende una sociedad anclada en el siglo XIV? Sólo hay una salida para estas posiciones intransigentes: el estado bélico o pre-bélico permanente.

Yo he residido la mayor parte de mi vida en Granada, donde la comunidad islámica siempre fue muy numerosa y estuvo perfectamente integrada en la vida cotidiana.

Lugar: librería Artemis. Villa Benavente, 17.

Hora: 19.45

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