Diario de León
Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

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Estamos ante una crisis importante. Ya nadie duda eso. Tal vez, lo preocupante, sea saber que la crisis viene demasiado arraigada a los fundamentos básicos de un término difícil: Libertad.

Libertad: Hablamos de ella igual que de quien come pipas en un cine, sin saber muy bien si es normal o falta grave. Esta palabra, que abarca tanto que apenas uno comprende bien su significado, nos acerca al símbolo indiscutible que supone la palabra amar. Libertad. ¿Sabemos de dónde viene? ¿Sabemos cómo llegar a ella? Si nos ponemos estupendos y doctos, y hacemos caso a los sumerios —que fueron los primeros en dar origen a nuestra palabra— atiende a ese latir, ese significado inicial: «volver a la madre». La palabra inglesa para libertad, freedom , proviene de una raíz indoeuropea que significa «amar».

Es curioso que la palabra de la misma lengua para decir miedo, afraid , viene de la misma raíz, usado como contraposición a libertad mediante el prefijo «a» por influencia del latín vulgar.

Así, nos damos cuenta de que la fórmula para ser libres es clara. Sólo debemos atender a su propia etimología: defender lo que se ama y erradicar el miedo de nuestro alrededor.

Hace unas semanas hablaba con Manuel Domínguez —y un gran profesional de la escucha, Giovani Fernández Fuello— sobre un buen libro que convence sobre esta realidad. El miedo a la libertad, de Erich Fromm, nos resuelve ciertas claves de manera relativamente compleja, pero a veces nos basta con acudir a la base, a ese significado primero, para descubrir cómo y por qué una acción. Ser libres no es cosa de siglas políticas. Está muy por encima de ello. Pero… ¿Qué es ser libres? ¿En qué consiste tener miedo?

Cuando uno se plantea preguntas tan existenciales, se acaba cayendo en divagaciones fútiles que no nos aportan soluciones cercanas. Ya nos lo decía Machado: «Oscuro para que atiendan; / claro como el agua, claro / para que nadie comprenda.». Para no caer en eso, siempre ayuda un punto de vista de partida. En Libertad de Jonathan Franzen tenemos uno. En Fahrenheit 451 Ray Bradbury nos acercamos a otro. Y así podríamos darle rienda suelta a la biblioteca.

Para el miedo nos sobran opciones. Desde Hijos de la ira de Dámaso Alonso o El miedo, de Gabriel Chevallier hasta llegar al intenso poema Miedo de Raymond Carver, tenemos cientos de ejemplos que preceden y auguran posibles maneras de caer o erradicar ese temor. Son acercamientos inequívocos de nuestro problema para acercarnos a la libertad. No en vano somos fruto de esa combinación mortal que supone poder amar (ser libres) y temer (esa afrenta que nos aleja de la libertad).

Vencer el miedo, salvarnos de nosotros mismos para conseguir esa libertad ansiada. Saber qué amar y ser responsable con ese amor —bucólico o cívico, elijan ustedes—. Tenemos tarea. Parece sencillo. Tal vez no sea tan difícil. Ya saben, la clave está en su significado; ese volver a la madre.

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