Crítica de televisión
El diván
Acostarte como la nación más poderosa del planeta y despertar cobrando conciencia de la propia vulnerabilidad mientras se derrumban entre las llamas los símbolos de tu supremacía mundial debe dejar un trauma colectivo en una sociedad que no se lo salta ni el Colegio Oficial de Psicoterapeutas de Buenos Aires (si existe). De ese cóctel de sentimientos -miedo, culpa, rabia, venganza- que hace más de una década dejó en EE UU el 11-S es de lo que habla Homeland, la laureada serie que Cuatro estrenó el miércoles, protagonizada por Damian Lewis, Claire Danes y Mandy Patinkin. Homeland aborda también las consecuencias posteriores de los atentados que cambiaron el mundo. Recorre el camino de histeria, agresividad y paranoia que el país de la libertad emprendió sobre los rescoldos del World Trade Center, con su invasión de países en busca de terroristas, su Abu Grahib, su Guantánamo, su Delta Force y su sempiterna instrumentalización política de los acontecimientos.
No hay detalle del paisaje que dejó la primera agresión de la que fueron víctimas los estadounidenses y sus consecuencias posteriores que no tenga reflejo en la serie, que se apoya en una trama poderosa, llena de tensión narrativa y de ritmo para enganchar desde el principio al televidente.
¿Héroe o villano? Nicholas Brody, sargento de los marines desaparecido en combate en Irak en 2003, es rescatado ocho años después durante la incursión de las fuerzas especiales a un escondrijo de Al-Qaida, una de esas noticias que levantan la moral de un país en guerra.
Sin embargo, la poco ortodoxa agente de la CIA Carrie Mathinson sospecha que el soldado liberado en realidad se ha pasado al enemigo y regresa a casa para preparar un atentado. Estos son los ingredientes de una nueva adaptación de la lucha entre el bien y el mal, cocinada con maestría y llamada al éxito, sin renunciar a servir de terapia colectiva para un país que aún está superando su trauma.