Diario de León

Juan Diego Botto. actor y escritor

«La Transición pasó página sobre la impunidad»

El actor publica ‘Invisibles’ (Espasa), un libro basado en reflexiones políticas y en los cinco monólogos con los que armó su último montaje teatral, ‘Un trozo invisible de este mundo’.

El actor hispanoargentino Juan Diego Botto.

El actor hispanoargentino Juan Diego Botto.

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antonio paniagua | madrid
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En Invisibles el actor cuenta con desgarro, no exento de humor, el drama del exilio, la inmigración y los crímenes de la dictadura argentina. Aún conmocionado por la noticia de que por fin verá en el banquillo a los asesinos de su padre, Botto no desea a nadie, ni siquiera a su peor enemigo, el castigo del destierro.

—Carga en el libro contra la Transición.

—La Transición significó pasar página sobre la impunidad. Es un periodo que se construye sobre el olvido. España es el segundo país del mundo, después de Camboya, con más fosas comunes sin desenterrar. Vivimos en un país donde la corrupción no se paga, donde dimitir es una costumbre europea, lo cual tiene que ver con esa sensación de absoluta impunidad. Aquellos que pilotaron una dictadura siguieron dirigiendo una democracia sin ningún tipo de censura moral.

—Los cambios que se operaron fueron más políticos que económicos.

—Los oligarcas, incluso aquellos que hicieron su fortuna sobre dudosas conductas éticas, jamás estuvieron mal vistos. Con la democracia que tenemos la voz de los ciudadanos se reduce poco más que a depositar una papeleta cada cuatro años.

—¿Su vida habría sido muy distinta si no hubiera tenido que abandonar Argentina?

—Es ciencia ficción por mi parte pensar lo que hubiera podido ser. Pero una vez que ha ocurrido el exilio, yo me siento de aquí. He vivido 34 años en España y Madrid es mi ciudad.

—¿Se sentarán en el banquillo los asesinos de su padre?

—El principal motivo por el que empecé a escribir la obra de teatro es que recibí desde Buenos Aires una llamada de mi tío, uno de los hermanos de mi padre que ahora es juez, quien me anunció que iba a celebrarse el segundo juicio sobre los responsables de la Escuela de Mecánica de la Armada, que es el centro donde asesinaron a mi padre. En ese proceso se inscribe su caso. La noticia fue un bombazo para mi familia. Es algo que llevas tantos años esperando que piensas que no va a pasar nunca.

—¿Cuáles fueron las circunstancias de su desaparición?

—Desapareció el 21 de marzo de 1977; tenía que llegar a casa y no lo hizo. Muchos años después, en 2004, nos enteramos a través de una ONG de que dos testigos lo habían visto allí, en la Escuela de Mecánica de la Armada. Su final probable es un vuelo de la muerte, que era la forma habitual de desprenderse de los cuerpos en aquel lugar.

—¿Se ve retornando a Argentina?

—Me gustaría pasar allí un tiempo, un año al menos. No por abandonar España, sino porque me apetece que mi hija conozca el país, una tierra que pertenece a su padre también. Latinoamérica está muy viva y Europa muy vieja.

—España es hospitalaria con el turista. ¿Lo es también con el inmigrante?

—Ahora no. Después de pelear mucho, mi madre fue acogida y siente una gran gratitud hacia España, pero ahora es un país cada vez más hostil. Otro motivo que me animó a escribir fue un hecho real. Es el caso de Samba Martine, una mujer congoleña que estuvo 30 días en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche (Madrid). Tenía muchos dolores, pero nadie le hizo caso. La vieron tan mal que la llevaron al Hospital Doce de Octubre y murió al cabo de seis horas. Tenía sida y un hongo le perforó el cerebro. Ni siquiera le hicieron un análisis de sangre para detectar su dolencia. Decidí investigar por mi cuenta y me encontré con muchos casos sangrantes parecidos.

—Los parados ven a los inmigrantes como competidores.

—Es fácil criminalizar al extranjero. La gente no ve al millonario que defrauda a Hacienda ni la corrupción. La situación va a empeorar, no hay más que mirar a Grecia.

—¿Por qué hay animosidad hacia los actores de izquierda?

—Es una percepción que no se corresponde con la realidad de la calle. Yo no soy un activista, soy un ciudadano que se manifiesta por lo que considera que merece la pena; es un derecho amparado por la Constitución.

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