Escándalo
Crítica de televisión josé maría cillero
Hay veces que la realidad es la mejor aliada para vender un producto, como cuando la historia de un agente arrepentido que no tiene dónde caerse... vivo tras desvelar que el gobierno de su país, líder del mundo libre, saca ratos para espiar hasta a sus propios aliados, viene a reforzar el estreno de una serie de televisión.
Scandal , desde el miércoles en Cuatro, es obra de Shonda Rhimes ( Anatomía de Grey , Sin cita previa ), está ambientada en Washington DF y llena de intriga política, espionaje, conspiraciones, secretos íntimos y de Estado (en altas esferas los primeros son también los segundos) y así hasta completar el catálogo de asuntos turbios que fluyen, a veces torrenciales, por las cloacas de la tierra de las oportunidades.
El papel de su protagonista, Olivia Pope, que encarna la actriz Kerry Washington, se inspira en Judy A. Smith, experta en gestión de crisis —eufemismo por el que se conoce a los especialistas en minimizar los daños de una metedura... de pata— que trabajó para la presidencia de Bush padre y que ejerce como coproductora ejecutiva y asesora técnica de la serie.
Pope y su equipo desarrollan su trabajo como un atípico despacho de abogados, con métodos de investigación poco ortodoxos y componendas que rozan los límites de la legalidad; sus aventuras, donde no faltan clásicos como prostitución o homosexualidad no revelada, describen una capital federal mucho menos amable e idealizada que la dibujada en predecesoras del género, como El ala oeste de la Casa Blanca , de Aaron Sorkin, aunque sin llegar al punto de crudeza cínica de The House of Cards , de Beau Willimon.
Porque en Scandal el triunfo del bien compensa la dudosa legalidad de los procedimientos empleados para alcanzarlo, mientras que en la serie que protagoniza Kevin Spacey imperan las leyes de la selva, que no entienden de buenos ni de malos, sino de especies depredadoras en lucha salvaje por la supervivencia.