Los abogados de J.K. Rowling pagan su indiscreción
J.K. Rowlling se puso como una hidra cuando trascendió que era ella quien se refugiaba bajo el seudónimo de Roberth Galbraith para publicar The cuckoo’s calling, su primera novela negra. Echó fuego por las siete cabezas cuando supo que la filtración había partido del bufete de abogados en el que tenía depositada plena confianza. Les demandó y la sangre estuvo a punto de llegar al Támesis. Pero al final la creadora de Harry Potter, que quiso ser anónima novelista policiaca, ha encontrado una fórmula salomónica que aplaca su ira. Sus abogados pagarán la indiscreción a precio de oro con un jugoso cheque que no pasará por las manos de la multimillonaria y contrariada escritora escocesa. Será para los veteranos de guerra que inspiraron una intriga que se podría titularse en castellano La llamada del cuco.
No necesitaba dinero, pero sí un desagravio, de modo que Rowling forzó que los desamparados militares sean quienes perciban las miles de libras —no ha trascendido el importe— con las que será recompensada por el mea culpa de sus abogados.
La traición
Tanto la fastidió la filtración que J.K. Rowling no dudó en demandar al reputado despacho Russells, después de que uno de sus socios, Chris Gossage, admitiera haberse ido de la lengua ante la mejor amiga de su mujer, Jude Callegari, y desvelando que bajo la identidad de Roberth Galbraith se ocultaba la creadora de Harry Potter. Con el secreto ardiéndole en la punta de la lengua, la amiga de la esposa del indiscreto letrado tardó nada en contactar a través de Twitter con una columnista de The Sunday Times y ‘cascarle’ la confidencia.
La informadora se hizo eco del notición, lo que provocó un maremoto en el mundillo editorial y una pesquisa que ató cabos. Se llegó a afirmar, para mayor cabreo de la traicionada autora, que todo obedecía a una artera maniobra de marketing para disparar las ventas de la novela, algo que en efecto se produjo, por más que a Rowling se la llevaran los demonios. La escritora ha insistido en que necesitaba probarse la capacidad de encandilar a los lectores.