Diario de León

El silencio de las esferas de Andrés Oslé

El escultor leonés lleva hasta el Palacio de Don Gutierre su ‘Terra Incognita’.

El ceramista y escultor Andrés Oslé, con su nueva instalación en el patio de Don Gutierre.

El ceramista y escultor Andrés Oslé, con su nueva instalación en el patio de Don Gutierre.

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Marcelino Cuevas | LEÓN
León

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No sabríamos decirles si Andrés Oslé es un escultor-ceramista o un ceramista-escultor. Aunque sus obras tienen la impronta de las manos sobre el barro y la huella de la rotación del torno de alfarero, hay algo en ellas, quizá su planteamiento, que las convierte en esculturas y, en algunas ocasiones, de esculturas públicas, como es el caso de su instalación Terra Incognita, que puede admirarse en el recoleto patio del Palacio de Don Gutierre.

Andrés Oslé tiene muchas explicaciones para su obra. El artista ha querido representar en sus esferas de barro el macrocosmos y el microcosmos. Por un lado nos dice: «Es como si las estrellas y los planetas hubieran abandonado sus ordenadas órbitas y llegaran a nosotros en un caos, en una acumulación sin sentido. Ha dejado de sonar la música intangible de las esferas celestes para convertirse todo en un cúmulo ingente de silencios, un caos silencioso y terrible. Quizá así pudiera ser el fin del mundo, la ausencia de movimiento, la parada del latido vital del universo».

Pero pasado un rato Oslé tiene otro argumento para su obra. «Quizá en cada una de estas esferas —reflexiona— se encuentre prisionera un alma, el espíritu de un hombre. Porque los individuos viven escondidos en sus propias corazas, ocultando sus sentimientos y sus sensaciones. Es la humana una aglomeración sin reglas, sin geometrías, silenciosa y absurda. Cada uno secuestrado en su propio yo, en la esfera que le defiende y que a la vez le aísla de los demás».

Y si hubiéramos dispuesto de más tiempo, si hubiéramos seguido hablando con él, Oslé hubiera encontrado otros mil significados diferentes para estos redondos hijos suyos abandonados sobre el empedrado del patio del viejo palacio. Lo cierto es que es admirable la paciente obra de este singular alfarero. Cada una de sus esferas ha sido creada primero en dos partes con la ayuda de unos moldes. Después la ha unido y la ha bañado de nuevo con barro para dotarla de una textura singular y de una casi inapreciable espiral que discurre de uno a otro polo. Luego ha sido tratada de forma que su colorido sea individual y único. Y, finalmente, las esferas han pasado por el horno para conseguir que el efímero material empleado se convierta en eterno… o casi.

El resultado es tan sorprendente como bello, su disposición aleatoria en esta instalación dota a las esferas de vida propia y de un discurso que puede ser eternamente cambiante, como quiere su autor. Que cuenten a cada espectador una historia distinta, todas llenas de contenido, todas plagadas de sugerencias, de apoyos para meditar largamente sobre el microcosmos humano y el posible caos estelar que según los vaticinios se avecina.

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